Educación: Desafíos del Mundo de Hoy


¿Qué desafíos nos presenta, en esta época, la tarea de ser padres de niños de entre cero y siete años?
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Una buena manera de que nos acercáramos al niño del siglo XXI y pudiéramos cubrir sus necesidades de formación y educación pareciera emanar principalmente de la observación de los patrones de desarrollo comunes a la primera infancia, y la mirada sobre cada niño y sus circunstancias. El camino más certero para acompañarlos como padres y educadores -actores en el proceso educativo- supone partir por la tarea de enriquecer y acompañar su paso por la tierra, en vez de atiborrarlos de información que, en el mejor de los casos,  podrán asimilar, más en ningún caso digerir.
Recordemos para ello nuestra propia infancia, que aunque exteriormente dista mucho de lo que corresponde a la situación actual de un niño, nos permite acercarnos a mirar por el ojo de la cerradura, aquello que a pesar del paso del tiempo, aún persiste. El anhelo por el juego; la repetición de un movimiento hasta conquistar una habilidad; el animar los objetos del mundo del entorno, la imitación mediante la cual aprendemos a caminar, a hablar etc., son características humanas que aún no han desaparecido. Tratemos de evocar situaciones que nos hayan provocado algún tipo de agrado: los juegos debajo de la mesa, las texturas de los muros y la corteza de un árbol que recorríamos con nuestras manos; el saltar los peldaños de las escaleras, movimientos en los que parecíamos encontrar la imagen de la libertad sólo como símbolo de aquello que hoy como adultos tanto anhelamos; el columpio con el cual alcanzaríamos el cielo, el salto en la cuerda, que nos ayudaba a elevarnos y vencer la gravedad. A nuestros sentidos los impresionaban el olor dulce de la fruta en el mercado; el día que nunca acababa y que cerraba las cortinas cuando el sol, de tanto iluminar, se iba a dormir; la luna que nos perseguía en el viaje, etc. Nada de eso tiene un contenido falso, todas son imágenes de verdades ocultas en lo profundo, que sólo usaron esa vestimenta en el período más inocente de nuestras vidas. Vivencias que quizás se irán borrando, pero que se convertirán en símbolos, pilares seguros de una adultez más rica y creativa, sin importar la profesión o el camino que escojamos.
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Hoy, sin embargo, nos dejamos llevar por modernas ideas operantes, tales como: «los tres primeros años de vida es el período cuando más aprende el hombre». Hacia estas ideas dirigimos nuestra mirada adulta, prejuiciada por las experiencias a las cuales nos debemos enfrentar día a día. El miedo frente a un mundo que aparentemente amenaza dejarnos supeditados a una vida más precaria si no apretamos el botón correcto, sin considerar que nada sabemos del mundo futuro en el que habitarán nuestros hijos, temiendo que si no les entregamos «todas las herramientas» en el primer septenio de vida, quedarán al margen de un mundo que nosotros sólo imaginamos. Esto obviamente no significa que en forma gradual y de nuevo según, el momento de desarrollo en que se encuentra un ser humano; la capa imaginativa empieza a levantarse para ir descubriendo lo conceptual, que de todas maneras se verá más favorecido a mayor sea la  cantidad de experiencias e  imágenes que se le hayan proporcionado para enriquecer estas representaciones. Con esta actitud, nos hemos convertido también en una amenaza para la infancia y, apoyándonos en esta premisa, nos dejamos cautivar por «lo último en investigación pedagógica», e  inmediatamente comenzamos a aplicar estos contenidos para cultivar la inteligencia del niño, adiestrarlo y entretenerlo. La computación, los juegos de video, el exceso de juguetes, estímulos, estímulos y más estímulos, nos alejan cada vez más del homo ludens; creemos que éste fue uno de nuestros antepasados y no una necesidad vigente de un ser niño que a través del juego y sus distintas etapas enriquecerán la tierra en el devenir. El juego, los procesos y valiosos cambios que experimenta el niño a través de ellos, favorece el desarrollo de sus órganos y la capacidad para establecer relaciones.

Hoy necesitamos soluciones creativas que sólo pueden surgir de seres con mayor plasticidad interior, que sean conocedores e intérpretes de los fenómenos que les saldrán al encuentro. ¿Qué sacamos con enfrentar al niño a estas problemáticas actuales si ni siquiera nosotros hemos llegado a las soluciones requeridas? ¿No sería mejor dejarlos jugar, cantar, saltar, correr? ¿No debiéramos nutrirlos y brindarles la posibilidad de ponerse a prueba, para que, con órganos bien desarrollados, fuesen capaces de abordar las preguntas que les saldrán al encuentro? ¿No se constituye esto en un llamado de los tiempos a confiar en que, si hacemos nuestro trabajo, despertaremos desde la conciencia?
La vida en nuestros países en vías de desarrollo asalta a los pequeños con avisos comerciales desde que salen de su hogar. Los invitan a consumir en exceso, les llaman la atención mediante imágenes sensuales que nada tienen que ver con la infancia. A nosotros, sus padres o cuidadores, nos embarga el miedo frente al calentamiento global, la falta de sustentabilidad, la incertidumbre, la desconfianza; elevamos las rejas, nos hacemos acompañar por la voz en off de los medios de comunicación (televisor) para ahuyentar la soledad, y en medio de eso está “nuestro niño”.
Por lo demás, es un trabajo temporal, que sólo dura el primer septenio de la vida, pero que como buenos escultores, nos permite sacar la idea de la piedra; sacar el ser a la luz.
Cuanto más seguro se yerga el niño en el mundo, más capacidad tendrá de ayudar a los demás. Es tarea de los padres el acompañarlo, brindándole lo que necesita, pero es responsabilidad de toda la comunidad el reflexionar sobre los problemas que se vierten sobre la niñez, tarea que debe abordarse con respeto y desde el conocimiento.
Ana María Isla es profesora Waldorf dedicada actualmente la formación  de futuros maestros Waldorf y al  trabajo de la interpretación de cuentos de hadas.
seminarioarche.org

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Categoría: Psicología y Psiquiatría.




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