Carcinoma de células renales (adenocarcinoma renal, hipernefroma)


Es el tumor sólido renal más frecuente (90%). Suele diagnosticarse en varones fumadores de edad media como hallazgo casual al realizar una ecografía abdominal. Existen formas familiares que suelen ser múltiples y bilaterales, como en la enfermedad de von Hippel-Lindau, y en menor medida, la esclerosis tuberosa (en esta enfermedad es típica la aparición de angiomiolipomas renales).
También existe una incidencia aumentada en el riñón poliquístico, en la enfermedad quística adquirida de la insuficiencia renal crónica y en los riñones malformados, como el riñón en herradura. Procede de las células del túbulo contorneado proximal.
PRESENTACIÓN.
La tríada clásica de hematuria, dolor y masa en el flanco ocurre sólo en el 10% de los casos y, cuando se presenta así, generalmente se trata de una enfermedad avanzada. El 30% tiene metástasis a distancia en el momento del diagnóstico. La anomalía más frecuente es la hematuria macro o microscópica. Otros hallazgos frecuentes son, en orden decreciente, dolor, pérdida de peso, anemia, masa en flanco, HTA, hipercalcemia, eritrocitosis. El 20% de los pacientes presentan como cuadro paraneoplásico alteración de las enzimas hepáticas sin evidencia de metástasis (síndrome de Stauffer). Ocasionalmente, el adenocarcinoma renal puede producir hormonas (PTH, prolactina, renina, etc.) que provocan síndromes clínicos característicos.

DIAGNÓSTICO.
La ecografía es la primera prueba complementaria que debe realizarse, de forma que la identificación ecográfica de una lesión que cumple criterios de quiste simple (contorno liso, contenido transónico y refuerzo posterior) hace innecesarios mayores esfuerzos diagnósticos, pudiendo hacerse un seguimiento ecográfico anual.
En casos excepcionales puede ser precisa la punción aspiración con aguja fina (PAAF). La tomografía axial computerizada (TC) es el mejor método aislado para evaluar una masa renal, proporcionando información precisa sobre la afectación de la vena renal, vena cava, metástasis ganglionares y afectación de órganos adyacentes
La urografía intravenosa (UIV) en el caso del adenocarcinoma renal proporciona pocos datos, y éstos son indirectos.
La arteriografía renal ha quedado relegada a los casos dudosos, riñones únicos y otras situaciones en las que se plantea tratamiento quirúrgico conservador.
El estudio de extensión, si se sospechan metástasis, se completará realizando radiografía de tórax, analítica hepática completa y, en algunos casos dudosos, gammagrafía ósea.
Una vez estudiado el tumor y descartada la presencia de metástasis, tanto viscerales como ganglionares, el tratamiento de elección es la nefrectomía radical, incluyendo la fascia de Gerota y la glándula suprarrenal.
En casos seleccionados se puede plantear la cirugía conservadora o parcial, como en los tumores bilaterales, en aquellos que aparecen sobre riñón único y en tumores menores de 4 cm., bien delimitados y sin afectación de la grasa perirrenal. La linfadenectomía regional no mejora la supervivencia y únicamente tiene validez en el estadiaje. Otras formas de tratamiento carecen de eficacia.
En el caso de enfermedad metastásica, las opciones son múltiples, pero ninguna satisfactoria. La inmunoterapia con interferones, interleuquina, linfocitos NK activados y ciertas combinaciones de quimioterapia con inmunoterapia, son las alternativas de las que se dispone hoy en día para la enfermedad metastásica, pero en ninguna de ellas se obtienen tasas de respuesta superiores al 15%.
En la actualidad, se investiga sobre autovacunas elaboradas con linfocitos peritumorales que parecen ofrecer resultados alentadores.
En el caso de metástasis únicas o de recidivas locales (pueden aparecer 10 o más años después de la nefrectomía) la cirugía de las mismas está justificada y parece que prolonga la supervivencia, especialmente cuanto mayor es el tiempo transcurrido entre la extirpación del tumor primario y la aparición de la metástasis.

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Categoría: Glosario Médico.




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