Médicos en la mira de un fusil


Dentro de las decenas de heridos atendidos en el hospital de Shifa, en la ciudad de Gaza, está Muhammad al-Esssy, un paramédico de 25 años que lucha por su vida. El profesional viajaba a toda velocidad en una ambulancia hacia el lugar donde había estallado una bomba. De pronto, una luz centellante apareció en el espejo retrovisor. Un misil impactó a pocos metros del vehículo, que se estrelló contra un muro. Muhammad está grave, pero su compañero está peor: yace muerto en una camilla metálica a su lado.

Aunque el relato parece sobrecogedor, este tipo de situaciones son habituales en Israel y los territorios palestinos. Pocos meses antes, un chofer de ambulancias del Ministerio de Salud palestino, llamado Bassam El-Biblisi, murió al intentar rescatar al niño Muhammad Al-Durra, cuya muerte conmocionó al mundo al quedar atrapado entre fuego cruzado junto a su padre.

En cualquier caso, no sólo el servicio sanitario árabe ha pagado un alto precio por atender a los heridos en el conflicto palestino israelí. La Organización Mundial de la Salud, denunció la muerte del doctor Henry Fischer, de nacionalidad alemana, mientras atendía en las calles de Gaza a un grupo de lesionados por una explosión. La Media Luna Roja, que entre su personal cuenta con profesionales de distintos países, suma 116 lesionados en el desempeño de sus funciones sanitarias. Del mismo modo, Maguen David Adom, Escudo Rojo de David en castellano, organización similar a la Cruz Roja en Israel, acumula seis médicos heridos de gravedad.

La estadística es parecida si se consideran las cifras de la Organización Mundial de la Salud: 97 heridos entre enfermeros, conductores de ambulancias y doctores. La mayoría por impactos de bala. No obstante, el balance más estremecedor es el que entregó recientemente el diario español El Mundo, en un reportaje sobre la situación de los profesionales de la salud en Medio Oriente.

Según el informe del periódico, en los últimos meses 16 miembros de los equipos médicos que actúan en la zona de conflicto han muerto y 600 han resultado heridos. La situación no mejora si se considera la cantidad de ambulancias atacadas: 33 vehículos dañados con munición real en 64 diferentes agresiones.
Chilenos al límite
El 4 de agosto de 2001, la Fundación Palestina Belén 2000 envió cinco médicos chilenos a trabajar en terreno ante el recrudecimiento del conflicto en Tierra Santa. Protagonistas del horror de la guerra, estos profesionales se despeñaron en distintos hospitales de los territorios ocupados, ejerciendo la práctica médica en condiciones límites. Miguel Berr, cirujano cardiovascular, relató en una conferencia, realizada a su llegada en el Hotel Carrera, su experiencia en el campo de batalla. «Allá se vive en verdaderos campos de concentración y con el riesgo de ser acribillado en cualquier momento, como de hecho ocurre diariamente».

Munir Álamo es gastroenterólogo y también formó parte del equipo que llegó a Medio Oriente. Partió con su maletín y un arsenal de medicamentos. Sin embargo, para este especialista no fue fácil cumplir con la gran demanda de pacientes que concurrían al centro hospitalario Rafidia.
Y es que en la ciudad de Nablus la vida no es fácil. Las calles permanecen sitiadas, lo que dificulta llegar a los puestos de trabajo, con el consiguiente peligro de quedar atrapado en algún tiroteo, como ha ocurrido con varios miembros de las unidades de atención. «Al llegar, lo que más me sorprendió fue comprobar que los soldados israelíes son muy impulsivos; usan la ametralladora con mucha soltura si no les gusta lo que está pasando», comentó el profesional.

En 1998, el doctor Mauricio Fernández viajó a prestar ayuda humanitaria a Afganistán. Miembro de la organización Médicos Sin Fronteras, llegó a un país cuya expectativa de vida no superaba los 45 años y que estaba inmerso en una guerra civil, que como todas las batallas, trajo miles muertos y una estela de destrucción que se observa hasta hoy. Por supuesto, el peligro de resultar herido era una cuestión de todos los días. Entrevistado por la revista Qué Pasa, contó que una vez le tocó estar en un bombardeo.

«Ahora sé que cuando escuchas un jet, es porque caerán bombas. Estábamos en una reunión con las autoridades de salud a pocos metros de un bazar, cayeron las bombas y la onda expansiva nos lanzó lejos. Inmediatamente, comenzó a llegar gente mutilada».
Aunque su labor era más que necesaria, si se considera que en el tiempo que estuvo en la nación asiática apareció un brote de meningitis, una epidemia de sarampión y cólera, y ocurrió un terremoto grado siete que sepultó 86 aldeas y mató alrededor de 4.200 personas, recibió graves amenazas que lo obligaron a abandonar el país. «Al final nos tuvimos que ir.

Todo el equipo de salud de Médicos Sin Fronteras debió salir en pocas horas de Afganistán, porque estaban ofreciendo mil dólares por la cabeza de cualquier occidental que estuviera en el territorio y como ellos ganaban en promedio diez dólares al mes, esta suma era demasiado alta…», comentó el doctor Fernández durante una charla en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.

Ingrid Grethel Westermann es chilena y enfermera de profesión. Su nombre es conocido por una entrevista que concedió a la revista Mujer A Mujer, del diario La Tercera. La razón del trabajo periodístico es muy simple: fue voluntaria de Médicos Sin Fronteras en la ciudad de Yenín, localidad de 30 mil habitantes, desde la cual sale la mayoría de los jóvenes palestinos suicidas. Cuenta que la violencia y la muerte forman parte de la existencia habitual de las familias árabes. El problema es que nadie, ni siquiera el personal humanitario, está exento de sufrir un ataque.

«En cierta ocasión, estábamos trasladando a médicos y enfermeras camino a Nablus y a la vuelta nos encontramos con un puesto de guardia: dos jeep, un tanque y una tanqueta… Empecé a mirar el tanque. Todo era de verdad. Hasta que de repente aparece un soldado desde arriba de la tanqueta y vi que llevaba algo en la mano, imaginé que era una lata de bebida, hasta que le sacó el gatillo y ahí entendí que se trataba de una granada… El soldado nos miró y la tiró debajo de nuestro auto… Son dos o tres segundos los que tienes para pensar. Instintivamente salté hacia el lado contrario, traté de abrir la puerta y no pude. Creí que hasta ahí no más llegaba. Cerré los ojos y dije: Bueno, esto fue. Vino la explosión y me di cuenta de que estaba viva, de que todavía tenía mis dos piernas. Después nos explicaron que existían otras bombas que sólo tiraban humo. Igual eso marcó la pauta para el resto de mi viaje. Ya nada me asustaba», relata Westermann.

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Categoría: Actualidad Médica.




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