20 de marzo: Día Mundial del Sueño


Accidentes laborales o automovilísticos, deterioro del desempeño laboral, bajo rendimiento escolar y, en general, una disminución de la calidad de vida, son algunas de las consecuencias del insomnio -alteración cada vez más común en la población-, que consiste en la dificultad para dormir.

La doctora Mónica González, neuróloga del Centro del Sueño de Clínica Alemana, explica que se trata de un síntoma presente en muchas enfermedades. Quienes lo padecen, generalmente, se quejan de tener problemas para iniciar o mantener el sueño, de despertar antes de lo acostumbrado o de tener un sueño de mala calidad. Esto siempre está acompañado de consecuencias que se manifiestan durante el día, como cansancio excesivo, desconcentración, irritabilidad y menor rendimiento laboral y académico, entre otras. A todo esto se suma un deterioro de la apariencia física (piel opaca, ojeras y ojos rojos).

“El insomnio crónico, es decir, aquél que se mantiene por más de un mes, tiene una prevalencia de 5 a 15% según diferentes estadísticas”, agrega la especialista.

Está comprobado que hay ciertos grupos de personas con más riesgo de presentar este problema, como las mujeres, los adultos mayores y quienes tienen antecedentes de enfermedades médicas o neurológicas importantes, además de los solteros, viudos y separados.

Entre las principales causas del insomnio crónico están los malos hábitos a la hora de dormir, como tomar café en la noche o consumir comidas pesadas, practicar ejercicio antes de acostarse y fumar. También pueden influir factores medioambientales (por ejemplo, ruido excesivo o temperaturas inadecuadas).
También se puede producir insomnio cuando hay alteraciones del ciclo sueño-vigilia, lo que es frecuente en personas con horarios irregulares, como quienes trabajan con sistema de turnos.

Las enfermedades psiquiátricas -como depresión, estrés, ansiedad y fobias- también pueden afectar la calidad del sueño, al igual que ciertas patologías como insuficiencia cardiaca, asma, tos crónica, artritis reumatoídea, demencia, epilepsia, enfermedad de Parkinson, reflujo gastroesofágico y Síndrome de Intestino Irritable, entre otras. A esta lista se suman algunos trastornos primarios del sueño, entre ellos el Síndrome de Piernas Inquietas y Síndrome de Apnea Obstructiva del Sueño.

Asimismo, existen algunos fármacos que pueden afectar el sueño como ciertos antihipertensivos, anticolinérgicos, hormonas, broncodilatadores, descongestionantes y antineoplásicos, entre otros.

Cuando contar ovejas no es suficiente
Para acabar con el insomnio, es necesario realizar un adecuado diagnóstico, de manera de identificar las causas. Una vez establecido, se pueden utilizar diferentes técnicas como higiene de sueño y terapia de control de estímulos, enfocadas a promover las conductas que facilitan dormir y eliminar aquéllas que interfieren con esto.

Asimismo, se pueden usar métodos como técnicas de relajación y terapia cognitivo conductual, destinada a identificar creencias y actitudes negativas respecto del sueño y sus consecuencias. Cuando estas alternativas no dan resultados por sí solas, se puede recurrir a ciertos fármacos inductores del sueño.
Sin embargo, en muchos casos basta con cambiar algunos elementos del estilo de vida. Lo más importante es desarrollar hábitos regulares y esquematizados para dormir, pero sin forzar el sueño, ya que ello produce ansiedad anticipada.

También es aconsejable evitar el consumo de café, alcohol y tabaco por lo menos seis horas antes de acostarse, y tratar de ingerir comidas livianas antes de dormir. Asimismo, es recomendable no dormir siesta, pero si éstas ya están incorporadas en la rutina, deben ser breves, de alrededor de 20 minutos y antes de las 16:00 horas.

Por último, cuando hay trastornos del sueño, no hay que usar el dormitorio para actividades extras, como trabajar, usar el computador, comer o ver televisión. Así se asociará el dormitorio sólo con sueño y vida sexual.

Centro del Sueño

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Categoría: Neurología.




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