¿Cómo elegir la crema solar?


La vida útil de un protector solar es de aproximadamente un año. Transcurrido ese tiempo, su eficacia se reduce y se corre el riesgo de que provoque reacciones en la piel, más aún si se ha olvidado en el coche o se ha sometido a altas temperaturas. La razón es que los filtros solares que contienen estas cremas no son estables y se degradan. Por tanto, hay que renovar, si no se ha hecho ya, las cremas solares. Y antes de adquirirla hay que comprobar (leyendo su etiquetado) que incorpora filtros de protección anti rayos UVB- responsables del bronceado, pero también de quemaduras y eritemas- y anti UVA, que dan color con rapidez pero también causan el envejecimiento prematuro de la piel e incluso alteraciones en el sistema inmunitario. La acción anti UVA y anti UVB es importante, pero no lo es menos el factor de protección solar (FPS), dato que no siempre se interpreta correctamente.

Los FPS indican el múltiplo de tiempo que podemos exponer al sol nuestra piel sin riesgo de quemaduras. Una crema con factor 15 multiplica por ese número el tiempo de resistencia de cada persona ante la exposición solar sin que se produzcan daños ni eritemas. Cuanto más alto sea el factor, mayor será la protección contra los efectos nocivos de los rayos solares. Pero no es tan sencillo: no todas las personas soportan el sol de la misma forma, de ahí que el FPS que cada usuario necesita dependa del fototipo de su piel. Desde el momento en que nacemos, tenemos una capacidad de adaptación al sol y ese es nuestro fototipo. A menor capacidad, más reducida será la resistencia al sol y mayor deberá ser el factor de la crema a utilizar. Hay seis fototipos catalogados: el 1 es de pieles muy claras, casi albinas; el 2, pieles claras; el 3, blancas de tipo caucasiano; el 4, pieles mediterráneas, pelo y ojos oscuros, de fácil bronceado. Los fototipos 5 y 6 corresponden a pieles muy morenas y negras.

No basta con una vez al día
Una crema al cabo de dos horas reduce sus propiedades protectoras a la mitad y, al de tres, casi desaparece de la piel
Tan importante como elegir el protector solar más acorde a cada tipo de piel, es hacer un buen uso de la crema protectora. Nada de aplicarse la crema sólo una vez, como si se tratara de cumplir el expediente. Una crema, incluso la de FPS 30, al cabo de dos horas reduce sus propiedades protectoras a la mitad y, al de tres horas, casi desaparece de la piel. La protección se debe aplicar de forma abundante y sobre la piel seca 30 minutos antes de que comience la exposición solar. Y ha de renovarse esta aplicación cada dos horas y siempre que se tome un baño o nos frotemos con la toalla.

No escatimemos la cantidad, los fotoprotectores sólo cumplen su función si se usan en cantidades suficientes. Un adulto de talla media necesita unos 35 gramos de fotoprotector por cada aplicación, lo que equivale a unas seis cucharadas de café. Recordemos que además de las zonas típicas como espalda, hombros, piernas y tripa, es necesario extender la crema por todos los puntos expuestos el sol, sin olvidarse de las orejas y los empeines de los pies. Las zonas más sensibles, cara, labios y escote, necesitan de un cuidado especial: usemos una crema con un factor más alto, que no contenga aceites ni elementos grasos y que esté enriquecida con ingredientes activos antiarrugas.

Broncearse sin sol
La exposición a rayos UVA, ya sea mediante la exposición directa del sol o en una sesión de lámparas de bronceado, no es la única forma de ponerse morenos. También se puede conseguir, y de forma más rápida, con cremas autobronceadoras. Lejos de ser un maquillaje que pinta la piel, incorporan una sustancia que genera una reacción en las células de las capas más externas de la piel. El resultado que consiguen los autobronceadores actuales, tal y como revela un análisis comparativo de CONSUMER EROSKI con siete autobronceadores para el cuerpo y no aptos para el rostro, con un resultado de satisfactorio que dista mucho del de hace años, pues entonces dejaban un olor desagradable y penetrante y proporcionaban un color anaranjado característico que “delataba” su uso.

El color, tirando a dorado, que obtienen los autobronceadores casi no se distingue del logrado tomando el sol o con la exposición a lámparas UVA. Si bien el resultado a simple vista es similar, el mecanismo que hace que la piel cambie de color cuando se expone al sol tiene poco que ver con el efecto de las cremas autobronceadoras. Los rayos ultravioleta atraviesan la capa superficial de la piel y estimulan la producción de melanina, un pigmento que se produce en la dermis, capa profunda de la piel. De allí pasa a la dermis, lo que oscurece la piel. Los autobronceadores no generan melanina, se limitan a teñir células de la piel que están a punto de eliminarse. Por eso, su efecto no dura más de una semana.

El cambio de color se produce cuando la dihidroxiacetona (DHA), sustancia activa de estas cremas, se pone en contacto con los aminoácidos de la piel, que se oxidan y producen melanoidinas, de efecto similar a la melanina. Las zonas de nuestro cuerpo con más proteína (codos, rodillas y palmas de pies y manos) se tiñen de forma más intensa. Esta coloración aparece entre tres y seis horas después después de su aplicación y llega al máximo una vez transcurridas 24 horas. Dos o tres aplicaciones a lo largo de doce horas teñirán la piel y la mantendrán con ese color durante unos diez días.

Cuanto más tiempo permanezca el producto sobre la piel, más intenso será el bronceado; por ello, se recomienda aplicarse estos cosméticos antes de acostarse. El tono moreno conseguido con estas cremas es, en realidad, más saludable que el obtenido tomando el sol, ya que no produce quemaduras ni propicia el melanoma. Pero este moreno cosmético no protege frente a los rayos solares. Y el DHA, aunque sea una sustancia natural presente en el metabolismo de plantas y animales, reseca la piel y es por ello que los autobronceadores no son adecuados para pieles muy secas. En definitiva, no sólo son una forma rápida y cómoda de conseguir un tono dorado de piel, sino que constituyen una saludable y segura alternativa al bronceado natural y al de los solariums.

Decálogo para un bronceado saludable
1.La crema protectora hay que aplicársela en la piel al menos 30 minutos antes de exponerse al sol. Y mejor con la piel bien seca. Las dosis de crema, abundante: entre 4 y seis cucharadas de café llenas, cada vez.
2.Evitar las pulverizaciones de agua durante las exposiciones ya que las gotas de agua hacen un efecto lupa y nos podríamos quemar.
3.Para tomar el sol, la piel estará libre de maquillaje, perfumes y colonias alcohólicas que contienen esencias vegetales fotosensibilizantes.
4.Usar el fotoprotector indicado para el fototipo de nuestra piel: en general, cuanto más clara sea la piel, hay que utilizar un índice de protección mayor.
5.Aplicarse la crema protectora cada dos horas y tras cada baño. Y por mucho que el cielo esté nublado o permanezcamos bajo un toldo o sombrilla, no olvidemos renovar la aplicación.
6.Evitar las exposiciones al sol entre las 12:00h y las 16:00 horas, franjas horarias en las que los rayos de sol inciden más perpendicularmente sobre la tierra.
7.Protegerse la cabeza con un sombrero o gorra con visera, los ojos con gafas adecuadas y los labios, con protector labial.
8.Permanecer en movimiento o dar paseos. No es aconsejable tumbarse al sol y mantenerse inmóvil durante horas.
9.Beber agua o líquidos para evitar la deshidratación.
10.Ciertos medicamentos pueden, con la exposición solar, provocar reacciones como manchas, erupciones e irritaciones. Pregunte a su médico los riesgos que corre al combinar sol y medicamentos.

Califica este Artículo
0 / 5 (0 votos)

Categoría: Dermatología.




Deja un comentario