BULLYING ESCOLAR


Agresión que puede ser física o psicológica, y es tarea de los padres y los colegios identificar el problema.

Las bromas y juegos entre compañeros de colegio son muy comunes y muchas veces inocentes a los ojos de los padres y profesores. Sin embargo, no hay que descuidarse, porque dentro de una sala de clases también pueden haber casos de agresión, situación que afecta fuertemente a sus hijos, tanto a nivel físico como psicológico.

– Cómo detectar y solucionar el problema

El bullying es cuando un niño agrede a otro como un acto premeditado y consciente. En el caso de pequeños en etapa preescolar es muy difícil que esto suceda, ya que según cuenta el psicólogo Juan Pablo Westphal de Clínica Santa María, “a esta edad son muy egocéntricos y centrados en sus propios juegos y a veces son agresivos y pueden dar un empujón o manotón a un compañero sin quererlo. Pueden pelear y quitarse los juguetes, pero no es necesariamente bullying, porque no hay premeditación de por medio, no hay una intención de herir al otro”.

En menores de ocho a 10 años afirma que “los niños pueden ser muy crueles, molestosos y tienden a destacar las debilidades y defectos del otro. Muchas veces esto es parte de un juego y no siempre hay una intencionalidad tan descarada ni abierta”.

En la pubertad y adolescencia se puede dar más fuerte el bullying y tal como explica el psicólogo “es muy complicado porque aquí sí hay intencionalidad. El pequeño es capaz de darse cuenta que está haciendo daño y que le está generando un problema a su compañero. Son conductas premeditadas de querer dañar al otro”.

Es precisamente en estos casos cuando el colegio y los padres juegan un rol fundamental para controlar la situación. Pero las acciones deben venir desde mucho antes, pues el experto aclara que “hay que conocer a nuestros hijos: sus características, formas de ser y de comunicarse, cómo lo pasan bien y mal, qué ramos les gustan, qué profesor les cae bien, etc. Solo de esta manera puedo darme cuenta si estas conductas varían y así detectar un posible problema”.

Generalmente el menor que es agredido tiende a cambiar sus conductas, tener problemas de rendimiento y disciplina, no quiere ir al colegio, no lo invitan los amigos a sus casas y tiene conflictos en sus relaciones en casa. “Todas estas cosas pueden ser percibidas por lo padres, pero solo si conocen y están en contacto con sus hijos”, enfatiza.

El agresor por su parte es menos identificable ya que “su conducta agresiva es más bien circunstancial y él probablemente no tendrá problemas de notas o de otro tipo. Hay menos cambios conductuales y por lo tanto es más difícil pesquisarlo”, asegura el especialista.

En ambos casos es necesario hablar con el hijo y con los profesores. “Son asuntos tan difíciles, que es probable que genere muchos anticuerpos en los otros padres, que el profesor jefe no lo pueda manejar y que se arme una gran revolución en el curso. De cualquier manera lo peor que se puede hacer es callar”, afirma.

– Consejos para padres

El psicólogo advierte que “en algunos casos estas situaciones son muy complejas y es posible que la única solución sea que el niño se vaya del curso. No obstante, en ocasiones, esto no funciona porque es probable que estos escolares vuelvan a ser víctimas en otro colegio y que la situación se repita”.

Entonces lo recomendable es acudir a un especialista, ya que el niño agredido probablemente presenta problemas de adaptación, de vínculo con sus pares, de agresividad y/o cambios de personalidad.

Además, es importante fomentar en nuestros hijos desde pequeños la comunicación y el desarrollo afectivo, es decir, saber expresar sus sentimientos, los buenos y malos. Juan Pablo Westphal agrega que “hay que ser cariñosos, pero también darles juicio de realidad: poner límites y normas con claridad y sentido. Tampoco hay que ser sobrepotectores pues el niño tiene que desarrollar la voluntad, hacer esfuerzos propios para llegar a una meta”.

– Características del agresor y de la víctima

Niño agresor: “tienden a ser jóvenes de bastante emotividad, de carácter fuerte, expresivos, histriónicos y, por lo general, son muchachos que sufren de problemas en la casa. Tienden a llevar los conflictos o presiones que tienen en sus hogares al colegio y desahogarse con sus compañeros. Son inseguros, a veces egoístas, pueden ser malcriados, con poca tolerancia a la frustración y a los límites”, detalla el psicólogo.

Niños agredidos: el especialista afirma que estos menores “tienen características más pasivas, reprimidas, controladas, se expresan poco y se dejan pasar a llevar bastante. Además, tienen una particularidad: tienden a generar conductas de desagrado en el otro, molestan, son torpes o débiles desde el punto de vista de la sociabilidad, interactúan mal, son ‘fomes’, pesados y desubicados”. Esto, sin dudas molesta y descoloca al resto de sus pares, aunque no haya una intencionalidad de la víctima.

Con estos dos tipos de personalidades en juego nos podemos enfrentar a un círculo muy complicado: la víctima guarda silencio y a su vez estimula a sus compañeros a que lo maltraten. Si el niño agredido enfrentara o contara lo que está pasando, probablemente la situación no continuaría.

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Categoría: Psicología y Psiquiatría.




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