Enfermos imaginarios


Estos pacientes suelen manifestar un estrés ante acontecimientos vitales adversos a través de síntomas físicos

¿Enfermos imaginarios? ¿Hipocondríacos? La medicina moderna los denomina “hiperfrecuentadores”. Se trata de pacientes que acuden al centro de salud de un modo excesivo o sin un motivo justificado al menos 12 veces al año, que acaparan ya alrededor del 25% de las consultas de Atención Primaria y consumen hasta diez veces más recursos que el resto de los usuarios. Si Molière se hubiera dejado asesorar hoy por expertos en salud pública hubiera tenido que cambiar el género del enfermo imaginario, protagonista de su última comedia: su perfil corresponde a una paciente que aqueja siempre mismo dolor y que, a pesar de las muchas pruebas exploratorias a las que se somete, nunca se le brinda un diagnóstico de dolencia orgánica.

Los pacientes que utilizan los recursos sanitarios de un modo injustificado o excesivo, conocidos como hiperfrecuentadores, acuden arbitrariamente a la consulta de atención primaria 12 o más veces al año. Los expertos señalan que el perfil tipo de hiperfrecuentador es una mujer que vive con su pareja, que tiene alrededor de 50 años, un nivel de estudios medio-bajo y reproduce conductas familiares aprendidas sobre el modo de enfermar.

A pesar de que existe una tipología variada de este tipo de paciente, lo cierto es que el 25% de quienes recurren a Atención Primaria lo hacen por síntomas somáticos. El origen de estas somatizaciones es multifactorial y, por lo general, el enfermo somatizador manifiesta un estrés ante acontecimientos vitales adversos a través de los síntomas físicos. El cuadro más habitual corresponde a una paciente que se queja siempre del mismo dolor y que, a pesar de hacerse muchas pruebas, nunca brinda un diagnóstico de dolencia orgánica.

Verdaderos somatizadores
Los expertos aseguran que, para ser considerado un somatizador de verdad, el paciente tiene que padecer un mínimo de cuatro síntomas dolorosos relacionados al menos con cuatro sistemas diferentes: dolor en abdomen, espalda, articulaciones, extremidades y recto; síntomas gastrointestinales como náuseas, vómitos, diarrea, intolerancia alimentaria o estreñimiento; síntomas sexuales como una disfunción eréctil, eyaculación precoz, menstruación irregular, y síntomas neurológicos asimilables a mareos o pérdidas de equilibrio.

Javier García Campayo, de la Unidad de Psiquiatría del Hospital Universitario Miguel Servet, de Zaragoza, caracteriza a los somatizadores verdaderos como personas con problemas psiquiátricos, sobre todo ansiedad y depresión, que se manifiestan en forma de síntomas físicos. “El paciente está convencido de que tiene una enfermedad física y demanda pruebas complementarias simplemente para hacer desaparecer sus síntomas”. Las somatizaciones, añade, pueden ser tanto agudas como crónicas (más de seis meses de evolución).

Los hipocondríacos, por otra parte, muestran un miedo y una preocupación exagerados ante la posibilidad de desarrollar una enfermedad grave, y solicitan toda suerte de pruebas y exploraciones. Su incidencia en la atención primaria de nuestro medio es relativamente baja (2%). “Luego están los pacientes que se quejan de un dolor intenso somatomorfo de carácter inexplicable, o que presentan síntomas físicos pseudoneurológicos del tipo de una parálisis, ceguera o confusión cognitiva”, añade el experto.

Más crisis, más enfermos
Los especialistas coinciden en que una gran parte de los hiperfrecuentadores que acuden a consulta lo hace por motivos de problemática social. “Muchas personas, sobre todo ancianos, carecen de una red social establecida (familia, amigos), y sus problemas pasan a ser los de los profesionales sanitarios”, explica García Campayo. El conocimiento insuficiente de los trastornos que presentan estos pacientes y la no existencia de protocolos terapéuticos específicos hacen que el abordaje psicosocial sea la variable más utilizada.

José Ángel Arbesu, coordinador de salud mental de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN) explica que el mejor tratamiento para estos enfermos es una escucha activa de los médicos, una exploración física del paciente “y, sólo si son necesarias, pruebas complementarias”. Asimismo aboga por la utilidad de las técnicas de psicoterapia. “Es posible también que, ante la sospecha de una enfermedad psiquiátrica, se derive al paciente a psiquiatría para instaurar un tratamiento con psicofármacos o psicoterapia reglada; no obstante, tarde o temprano, todos los pacientes regresan al médico de Atención Primaria, por ser el que realiza su seguimiento y para valorar posibles nuevos síntomas”, expone el especialista.

Recuerda Arbesu que el uso continuo de los servicios sanitarios por parte de estos pacientes hiperfrecuentadores supone un gasto considerable para el Sistema Nacional de Salud “debido a la solicitud de pruebas complementarias y al consumo de tiempo y de esfuerzos a cargo de los facultativos”. Estudios realizados en países como EE.UU. o Gran Bretaña indican que los hiperfrecuentadores acaparan hasta el 10% del gasto sanitario total de un país desarrollado. Por este motivo, “aparte de mejorar la calidad de vida de estos pacientes, las intervenciones adecuadas conseguirían disminuir el gasto sanitario entre un tercio y la mitad”, revela Arbesu.

ESTACIÓN DE ENLACE

Los llamados “trastornos del estado de ánimo”, como el trastorno afectivo estacional, están detrás de muchas consultas a cargo de hiperfrecuentadores. El trastorno afectivo estacional (en inglés adopta las siglas SAD, que también significa “triste”) es un cuadro caracterizado por depresiones que siempre guardan relación con una determinada estación del año, sobre todo el invierno. Norman E. Rosenthal, jefe de la División de Psiquiatría Ambiental del Instituto Nacional de Salud Mental estadounidense (Bethesda, Maryland) es un experto en este síndrome, característico de la etapa adulta, cuatro veces más común en mujeres y que, curiosamente, afecta al mismo porcentaje de población que los hiperfrecuentadores (25%).

“Los principales episodios depresivos comienzan hacia finales del otoño y primeros meses de invierno, desapareciendo con la llegada del buen tiempo”, dice. Los síntomas pueden incluir más sueño del habitual y una cierta somnolencia diurna, irritabilidad, fatiga o escasa energía, disminución del deseo sexual, menor capacidad de concentración, dificultad para pensar con claridad y aumento del apetito (especialmente de comidas dulces e hidratos de carbono, lo que provoca que estos pacientes ganen peso). Se desconoce el origen de este trastorno estacional, aunque Rosenthal apunta a una disminución en las horas de sol que, a su vez, influye en los barorreceptores del organismo y en el equilibrio hormonal.

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Categoría: Psicología y Psiquiatría.




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