José Ramón Amor Pan, doctor en Teología, Universidad Pontificia Comillas


La autonomía es uno de los principios básicos de la bioética, junto con la justicia, la no maleficencia y la beneficencia. Este precepto ha tenido un importante impacto en la relación médico-paciente, la que ha experimentado una transición desde el modelo paternalista, donde el especialista decide qué es mejor para el paciente, hasta uno en el que el enfermo tiene un rol más activo.

El principio de autonomía implica el respeto a la capacidad de decisión de los pacientes, y propone tener en cuenta sus preferencias en aquellos temas de salud relativos a su persona. Este concepto contempla diversos aspectos, como las voluntades anticipadas, el consentimiento informado y la confidencialidad.

Estos y otros temas fueron abordados en el III Seminario Internacional de Bioética “Autonomía del paciente y derecho a recibir”, efectuado entre el 26 y 27 de junio en el Aula Magna de Clínica Alemana.

Uno de los invitados a este encuentro fue el doctor en teología José Ramón Amor Pan, director de la Fundación Hogar Santa Margarita, quien además es máster en Cooperación al Desarrollo, diplomado en Derecho y miembro del Comité de Ética Asistencial del Complejo Hospitalario Universitario de la Coruña, España.

¿Qué tan difundido cree que está el principio de autonomía del paciente en la práctica médica?
Pienso que se producen dos situaciones. Hay médicos reacios al principio de autonomía, quienes siguen ejerciendo de forma paternalista, y simultáneamente, hay otros ámbitos donde este principio se ha desarrollado desproporcionadamente. Ambos extremos no benefician a nadie, ni a los profesionales sanitarios ni a los usuarios del sistema de salud ni al conjunto de la sociedad. Se debe buscar un equilibrio entre la autonomía del paciente (es decir, sus derechos) y sus deberes.

José Ramón Amor Pan
Doctor en teología

¿Cuáles serían, por ejemplo, los deberes?
Por ejemplo, cuando se solicita un tratamiento inútil ¿a quién le compete decidir? Decir que un tratamiento es fútil es una conclusión técnica, por consiguiente, el que tiene que tomar la decisión es el médico. El paciente puede decir: “Aunque usted crea que es inútil, yo quiero que lo aplique”. En este caso, si es él quien financia el tratamiento sería un ejercicio legítimo de su autonomía, pero como en España normalmente lo paga una aseguradora privada o el sistema público de salud, la persona no tiene derecho a pedir que se le aplique un tratamiento que el técnico ha dicho que es inútil.

Muchos dicen que en la ética médica contemporánea hay una tendencia a poner un sobre-énfasis en el principio de autonomía del paciente, ¿piensa que es así?
Efectivamente. Por la ley del péndulo, nos hemos ido del paternalismo clásico -donde el enfermo era un invitado de piedra, al que no se le consultaba nada- al otro extremo, en que todo es autonomía y más autonomía. Yo considero que eso es perverso. Las personas enfermas no sólo tienen derechos, sino también obligaciones.

Entonces, ¿hacia dónde deben ir los esfuerzos?
El desafío está en que todos los actores involucrados en el funcionamiento del sistema sanitario seamos conscientes de que tenemos simultáneamente derechos y obligaciones. Es cierto que la autonomía es un principio bioético importante, es una de las grandes causas que explican el nacimiento y desarrollo de la bioética, y ha sido muy fecundo en los casi 40 años de historia de esta rama de la ética, pero no es el único principio ni el más importante. Yo considero que la no maleficencia y la justicia están por encima de la autonomía, y hay que entender esta última a la luz de las otras dos.

¿Qué pasa con el principio de autonomía en las personas con discapacidad intelectual?
En poblaciones vulnerables, como por ejemplo, ancianos con capacidades cognitivas en deterioro y personas con discapacidad intelectual, se sigue siendo enormemente paternalista. Hay una tendencia del conjunto del sistema a minusvalorar la capacidad de las personas de tomar decisiones autónomas. Muchas veces se es paternalista por una presión familiar que no siempre es suficientemente altruista y que puede tener motivos claramente espurios.

El profesional sanitario debe darse cuenta que el paciente tiene todos los derechos frente a él. Mientras éste tenga una capacidad residual de comprensión y de toma de decisiones, por mínima que sea, el profesional debe contar con él.

En 2002 se promulgó en España la Ley Básica de Autonomía del Paciente, ¿cómo cree que ha operado en estos siete años de funcionamiento?
Creo que las cosas van relativamente bien, incluso reconociendo que aún hay profesionales que no acaban de digerir el tema de la autonomía del paciente y, por lo tanto, son poco respetuosos de este principio, pero es una clara minoría.

Por otro lado, hay muchos pacientes que entienden que ellos tienen derechos, pero no reconocen que la comunidad también tiene los suyos, al igual que los profesionales. Por lo tanto, no se trata sólo de mi autonomía, sino de una autonomía entendida y vivida en clave comunitaria, no en clave de autosuficiencia, ningún ser humano es autosuficiente. Lo que somos y tenemos es en buena medida gracias a la comunidad en la que hemos nacido y crecido, por lo tanto, le debemos también algo a ella.

A mí me gusta definir al ser humano como alguien que nace con deudas, que durante su vida trata de saldar algunas, pero que finalmente muere con más deudas contraídas de las que tenía inicialmente. Esto ocurre porque la vida no nos la debemos a nosotros mismos ni tampoco nuestro desarrollo, se los debemos al entorno social en el que nos hemos criado, vivido, a nuestra familia, profesores, etc. Estamos recibiendo continuamente de los demás. El problema es que muchas veces no somos conscientes de que también tenemos que dar al resto, que hay que ser agradecidos, ser menos narcisistas y ególatras, y más comunitarios.

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Categoría: Preguntas y Respuestas.




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