Composición de la leche humana madura


Los principales componentes de la leche son: agua, proteínas, hidratos de carbono, grasas, minerales y vitaminas. También contiene elementos traza, enzimas y hormonas. Estas substancias se distribuyen en 5 compartimentos separables según el tamaño de sus partículas: Fase acuosa: es una solución verdadera, que constituye el 87% de la leche. Contiene las proteínas del suero, lactosa, nitrógeno no proteico, vitaminas hidrosolubles, electrolitos y parte de los compuestos de calcio, magnesio. Dispersión coloidal: caseína, calcio y fosfato. Emulsión: constituido por los triglicéridos y los esteres de colesterol. Membranas de glóbulos de grasa: proteínas, fosfolípidos, enzimas, minerales traza y vitaminas liposolubles. Células: macrófagos, neutrófilos, linfocitos y células epiteliales.
Agua Se considera un importante elemento nutritivo para el lactante. La leche materna contiene 88% de agua. Su osmolaridad semejante al plasma, permite al niño mantener un perfecto equilibrio electrolítico.
Proteínas Entre los mamíferos, la leche humana posee la concentración más baja de proteínas (0,9 g/100 ml), sin embargo es la cantidad adecuada para el crecimiento óptimo del niño. La proteína de la leche humana está compuesta de 40% de caseína y 60% de proteínas del suero. En la leche de vaca esta relación es de 80% de caseína y 20% de proteínas del suero.
La caseína de la leche humana está formada por micelas complejas de caseinato y fosfato de calcio. Los diferentes aminoácidos de la caseína tienen una relación muy específica en la leche de cada mamífero. Las proteínas del suero son entre otras: alfa-lactoalbúmina, lactoferrina, seroalbúmina, beta-lactoglobulinas, inmunoglobulinas, glicoproteínas, lisozima, enzimas, moduladores del crecimiento, hormonas.
La alfa-lactoalbúmina y la lactoferrína son las principales proteínas del suero en la leche humana. La beta-lactoglobulina es la principal proteína del suero de la leche de vaca y puede aparecer en la leche de mujeres que consumen muchos productos lácteos, pero no forma parte habitual de las proteínas de la leche humana. Es la responsable de las alergias a la leche de vaca. Las inmunoglobulinas de la leche son diferentes a las del plasma, tanto en calidad como en concentración. La IgA es la principal inmunoglobulina en la leche materna. La IgG lo es en el plasma y en él se encuentra en una cantidad 5 veces mayor que la IgA. La proporción de inmunoglobulinas en la leche se modifica progresivamente hasta llegar al nivel que se mantendrá en la leche madura, más o menos a los 14 días postparto. El calostro tiene 1740 mg/100 ml de IgA y 43 mg/100 ml de IgG. La leche madura tiene 100 mg/100 ml de IgA y 4 mg/100 ml de IgG.
La IgA protege tanto a la glándula mamaria como a las mucosas del lactante en el período en que la secreción de IgA en el niño es insuficiente. La lactoferrína, además de su acción bacteriostática sobre ciertos gérmenes ferrodependientes (E. coli), contribuye a la absorción del hierro en el intestino del niño. En la leche de vaca sólo existe en pequeña cantidad. Cuando se da al niño hierro suplementario, la lactoferrina se satura.
La lisozima, es una proteína específica que se encuentra en concentraciones altas sólo en la leche humana y en la clara del huevo; en la leche de vaca su concentración es baja. Constituye un factor antimicrobiano no específico que contribuye a la mantención de la flora intestinal del lactante y además tiene propiedades anti-inflamatorias. Tiene efecto bacteriolítico contra Enterobacteriaceae y bacterias Gram positivas.
Ocho de los veinte aminoácidos presentes en la leche son esenciales y provienen del plasma de la madre. El epitelio alveolar de la glándula mamaria sintetiza algunos aminoácidos no esenciales. La taurina es un importante aminoácido libre que el recién nacido no es capaz de sintetizar. Se encuentra en gran cantidad en la leche materna. Es necesario para conjugar los ácidos biliares y como neurotransmisor o neuromodulador del cerebro y la retina. La cistina es otro aminoácido que está combinado con la metionina en una proporción de 2:1, específica para la leche humana.
La carnitina es esencial para el catabolismo de los ácidos grasos de cadena larga. Hay dos condiciones en que la presencia de carnitina es indispensable: en el caso de nutrición parenteral por más de tres semanas y en la etapa postnatal temprana. En el individuo adulto es sintetizada por el hígado y el riñón a partir de los aminoácidos esenciales lisina y metionina. Los niveles de carnitina son más altos en el calostro, sobre 115 mmol/ml, que en la leche madura, 70 a 95 mmol/ml. La carnitina de la leche materna tiene excelente biodisponibilidad, como lo demuestra la alta concentración de carnitina y ketonas corporales encontradas en niños amamantados. Es interesante observar que la concentración de los aminoácidos libres varía entre el calostro, la leche de transición y la leche madura.
Hidratos de carbono El principal hidrato de carbono de la leche es la lactosa, disacárido compuesto de glucosa y galactosa. La leche humana tiene un alto contenido de lactosa, 7,3 g/dl. (La leche de vaca sólo 4,8 g/dl) La lactosa se metaboliza en glucosa y galactosa antes de ser absorbida por el intestino. Provee el 40% de la energía, pero además tiene otras funciones. La porción galactosa participa en la formación de los galactolípidos necesarios para el sistema nervioso central.
La alta concentración de lactosa en la leche humana facilita la absorción de calcio, hierro y promueve la colonización intestinal con el lactobacillus bifidus, flora microbiana fermentativa que al mantener un ambiente ácido en el intestino, inhibe el crecimiento de bacterias, hongos y parásitos. Esta flora produce los ácidos grasos de cadena corta a nivel intestinal, con rol nutricional sobre el colon, como la fibra en el adulto. El crecimiento del lactobacillus es promovido por el factor bífido, un carbohidrato complejo con contenido de nitrógeno, que no está presente en los derivados de leche de vaca. De ahí que los suplementos alimentarios dados en los primeros días de vida interfieren con este mecanismo protector.
En la leche humana se han identificado sobre 50 oligosacáridos de diferente estructura, muchos de los cuales contienen nitrógeno; constituyen el 1,2% de la leche madura. En la leche de vaca constituyen solo el 0, 1 %. Los componentes de estos azúcares complejos incluyen glucosa, galactosa, fructosa, n-acetilglucosamina, ácido siálico, y representan una porción significativa del nitrógeno no proteico de la leche humana. La lactosa parece ser un nutriente específico para el primer año de vida, ya que la enzima lactasa que la metaboliza sólo se encuentra en los mamíferos infantes mientras se alimentan con leche materna. De ahí que muchas personas presentan intolerancia a la lactosa después de la infancia. En los europeos y otras poblaciones persiste la enzima lactasa en los adultos, debido aparentemente a una mutación metabólica.
Grasas La grasa, junto con el volumen, es el componente más variable de la leche humana. Las concentraciones de grasa aumentan desde 2 g/100 mi en el calostro, hasta alrededor de 4 a 4,5 g/100 ml a los 15 días post parto. En adelante siguen siendo relativamente estables, pero con bastantes variaciones individuales, tanto en el contenido total de grasa como en la composición de los ácidos grasos. Hay fluctuaciones diurnas, con más concentración de grasa después de mediodía. También hay importante variación dentro de una misma mamada, siendo la segunda leche 4 a 5 veces más concentrada en grasa que la primera. Se cree que esta mayor concentración de grasa de la segunda parte de la mamada tiene que ver con el mecanismo de saciedad del niño. Cuando la madre se extrae la teche, debe tener en cuenta esta diferencia, especialmente en el caso de prematuros, ya que la leche del final tiene más calorías.
La concentración de grasa en la leche es característica de la glándula, pero también se relaciona con el incremento de peso durante el embarazo que determina el tejido adiposo depositado. Este factor tiene influencia marginal en los primeros tres meses pero posteriormente la diferencia es significativa. La grasa de la leche humana es secretada en glóbulos microscópicos que son más pequeños que en la leche de vaca. La membrana globular está compuesta de fosfolípidos complejos. El interior del glóbulo está formado de mono, di y triglicéridos, ácidos grasos libres, glicolípidos, fosfolípidos y esteroles.
La composición de los ácidos grasos de la leche humana varía según la dieta del embarazo y durante la lactancia. Alrededor de 200 diferentes ácidos grasos se han descrito en la leche materna, incluyendo la presencia de ácidos grasos trans, dependiendo de la ingesta de la madre. En los últimos años ha adquirido gran importancia la presencia de los ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga en la leche materna y en la alimentación del lactante. Los ácidos grasos: araquidónico (20:4 n-6) y docosahexaenoico (22:6 n-6) forman parte de los fosfolípidos de las membranas celulares, en la mielinización de las fibras nerviosas y en la maduración de la retina. Se forman a partir de los ácidos grasos esenciales: linoleico (18:2 n-6) y linolénico (18:3 n-3) respectivamente. Estos últimos se obtienen de la dieta de la madre, tanto durante el embarazo, por el tejido adiposo que se moviliza, como durante la lactancia. El contenido de ellos es alrededor de 4 veces mayor en la leche humana (0,4 g/100 ml) que en la de vaca (0,1 g/100 ml).
A pesar de que los ácidos linoleico y linolénico se ven afectados por la dieta de la madre y por la composición de su grasa corporal, toda leche humana es rica en estos ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga. La síntesis de las prostaglandinas depende de la disponibilidad de éstos ácidos grasos esenciales. Estas se encuentran distribuidas ampliamente en el tracto gastrointestinal del niño y contribuyen en forma importante en los mecanismos generales de defensa. La leche humana puede contener cantidades significativas de prostaglandinas que las fórmulas no contienen. También se ha encontrado componentes antivirales y antiparasitarios asociados a los lípidos.
Después del nacimiento, el principal aporte de energía en el niño lo constituyen las grasas. La leche materna proporciona el 40% de las calorías en forma de grasa. El niño consume esta dieta alta en grasa en un período en que están inmaduras tanto la secreción de lipasa pancreática como la conjugación de las sales biliares. Esta inmadurez se compensa por las lipasas lingual y gástrica y además por una Iipasa específica de la leche materna que se activa al llegar al duodeno en presencia de las sales biliares. Esta característica metabólica de que un sustrato y su enzima estén en el mismo líquido, no se encuentra más que en la leche humana y en la de los gorilas.
En la leche fresca, la lipasa estimulada por las sales biliares contribuye a la digestión del 30 al 40% de los triglicéridos en un período de 2 horas, situación particularmente importante en la alimentación de los niños prematuros, cuyas sales biliares y producción de lipasa pancreática están aún más deprimidas. Esta lipasa se destruye por el calor, por lo que es necesario usar la leche materna fresca. La leche humana es rica en colesterol. Sus niveles decrecen progresivamente durante los primeros 36 días, para estabilizarse después de los 50 días post-parto en 20 mg/100ml.
La manipulación de la dieta, no varía el nivel de colesterol en la leche materna, pero sí se ha encontrado que cuando la madre disminuye la ingesta de colesterol, hay una caída del nivel de colesterol en el plasma del niño, asociado con un aumento del ácido linolénico en la leche. La presencia de colesterol en la leche materna parece tener un rol importante en el mecanismo que impide la acumulación de muco polisacáridos y la formación de placas de ateromas, ambos factores de riesgo de ateroesclerosis y enfermedad coronaria en el adulto. Las grasas de la alimentación juegan un rol importante en la saciedad y el control de ingesta. A pesar de ser muy variable el contenido entre leches de diferentes madres, el bebé tiene un rol fundamental en la demanda más precoz y larga o mas tardía y corta de la mamada. De esta manera un binomio sano permite que el niño estimule o disminuya la secreción de leche, de acuerdo a sus necesidades, en la mayoría de los casos, especialmente si la madre produce un buen volumen de leche.

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Categoría: Nutrición y Dietética.




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