Debemos asegurar a todos los niños y niñas, sin distinción, las condiciones que permitan el máximo desarrollo de sus potencialidades y capacidades


El desafío de convertir a nuestro país en una nación desarrollada y socialmente integrada implica múltiples tareas para toda la sociedad chilena. Una de ellas es asegurar a todos los niños y niñas, sin distinción, las condiciones que permitan el máximo desarrollo de sus potencialidades y capacidades en un marco de respeto y garantía de sus derechos fundamentales. En 1990 el Gobierno de Chile suscribió la Convención sobre los Derechos del Niño, que identifica como fundamentales el derecho a una educación de calidad y a un nivel de vida adecuado. El principio de igualdad de derechos y oportunidades se expresa plenamente en la universalidad del Sistema de Protección Social a la Primera Infancia, Chile Crece Contigo, implementado a partir de 2007 e institucionalizado por ley en septiembre de 2009 (Ley 20.379). Las bases para el desarrollo integral de los niños y niñas están contenidas en el concepto “Salud Sexual y Reproductiva” (consensuado en diferentes reuniones internacionales en la década pasada) y en el documento “Continuo de Vida” (Declaración de Nueva Delhi, OMS 2005). Dicho concepto da cuenta de un proceso continuo, centrado en el ejercicio de los derechos reproductivos de las personas, fuertemente asociado al desarrollo de la mujer como sujeto social activo. Asimismo, rescata la función social de la reproducción humana, trascendiendo el tradicional enfoque de la salud materno-infantil.
La protección adecuada durante el período gestacional y en los primeros meses de vida es primordial tanto para la madre como para su hijo o hija. En ese marco, son fundamentales el control prenatal, la atención adecuada del parto, la lactancia natural prolongada, la estimulación del desarrollo sicosocial del niño, el control de salud infantil, las vacunaciones y los programas de alimentación complementaria. La manera en que un niño o niña inicia su vida es crucial para su familia y para la sociedad en que nace. Por ello, es fundamental favorecer y facilitar el encuentro entre la madre, el hijo o hija y el padre (“el nacimiento como una experiencia familiar”).
El rol protagónico que juega la mujer en todo este proceso debe estar acompañado de las mejores condiciones posibles, con el estímulo, apoyo y respaldo permanentes de su entorno personal, familiar y social, así como del personal de salud. Lo que sucede en estas etapas tiene una repercusión sobre la salud y ambiente del individuo que perdura toda la vida. La interacción de los factores biológicos, psicológicos, sociales, ambientales, económicos, culturales y políticos, así como su relación con el ambiente más inmediato, determinan la susceptibilidad a las enfermedades y fortalece los factores que lo protegen contra éstas.
Existe evidencia sobre la importancia de promover el desarrollo integral a edades tempranas (Desarrollo Infantil Temprano). Las experiencias positivas durante la primera infancia tienen efectos en el desarrollo cerebral, ayudando a los niños y niñas en la adquisición del lenguaje, en el desarrollo de destrezas de resolución de problemas y en la formación de relaciones saludables con iguales y adultos. A la inversa, la falta de estimulación y de cuidados de adultos significativos en edades tempranas tiene consecuencias devastadores e irreversibles
en el desarrollo de las funciones cerebrales, pues altera su organización y disposición frente al aprendizaje.
Por otra parte, promover durante estas etapas un cambio cultural con perspectiva de equidad de género en la crianza de los hijos, como ocurre en muchos países desarrollados, que permita visualizarla como una responsabilidad compartida entre hombres y mujeres (corresponsabilidad) resulta cada vez más necesario. Actualmente, más hombres, particularmente jóvenes, están asumiendo un rol más activo en el proceso reproductivo, lo que contribuye por una parte, a disminuir la fatiga y el estrés de las mujeres, y por otra, permite a los hombres desarrollar y beneficiarse de relaciones afectivas más cercanas y gratificantes con su familia. Hasta ahora, esta situación se manifiesta mayoritariamente en sectores de la población con mayor nivel educativo. Un desafío que debemos asumir como sociedad es que este cambio cultural también se reproduzca en otros sectores sociales.
Finalmente, el personal de salud que participa en el cuidado de la mujer durante la gestación, el parto y en el control de salud del niño y niña, tiene un rol clave para lograr una lactancia exitosa, acompañando a las familias en el proceso de crianza. Para apoyar a la mujer que amamanta a su hijo o hija, los profesionales deben informarse sobre las prácticas que han demostrado ser más efectivas y acompañar a las mujeres para implementarlas. Para ello, es fundamental desarrollar un programa de trabajo intersectorial y multidisciplinario coordinado, que promueva, proteja y mantenga la lactancia materna, con el propósito de mejorar la práctica e índices de iniciación, exclusividad y duración de la lactancia materna exclusiva a nivel nacional, con hijos e hijas sanos, padres satisfechos con la experiencia de lactancia y personal de salud capacitado.
El equipo de salud tiene la responsabilidad de realizar acciones de promoción, protección y apoyo de la lactancia materna en todos los niveles de atención, favoreciendo la lactancia desde el primer contacto con la mujer gestante. En esa línea, el presente Manual de Lactancia Materna busca integrar nuevos conocimientos a los programas existentes, aportar insumos para educadores y educadoras, estudiantes y profesionales de la salud.

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Categoría: Fertilidad y Embarazo.




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