La lucha contra sílabas y palabras


El lenguaje se configura como la forma que tenemos los seres humanos para comunicarnos. Se trata de un conjunto de signos, tanto orales como escritos, cuyo significado y relación permiten la expresión y comunicación humana.

Es posible gracias a diferentes y complejas funciones que realiza el cerebro, las que están relacionadas con la inteligencia y memoria lingüística. La complejidad del lenguaje es una de las grandes diferencias que separan al hombre de los animales, ya que si bien estos últimos también se comunican entre sí, lo hacen a través medios instintivos relacionados a diferentes condicionamientos, que poca relación tienen con algún tipo de inteligencia como la humana.

El lenguaje es factor de identidad, que nos une al pasado y proyecta hacia el futuro. Además, es un vínculo de símbolos que aglutina a la comunidad que comparte el mismo código. No sólo es un método de comunicación, lo trasciende, porque es una institución social.

Al ser el habla una manifestación compleja, hace que los trastornos asociados a ella sean fenómenos igualmente complicados. Este es el caso de la tartamudez o disfemia, que ha venido manifestándose de forma sistemática como una de las perturbaciones más rebeldes e inciertas de la patología del lenguaje.

Se trata de un trastorno funcional de la comunicación oral, que afecta al ritmo articulatorio de la palabra y que no deriva de ningún tipo de anomalía de los órganos fonatorios. Es, además, un trastorno que exige la presencia de uno o varios interlocutores para que pueda evidenciarse que está exento de un marco sintomatológico preciso, por lo que son muchos los autores que señalan que no hay disfemias, sino sujetos tartamudos.

Esta disfunción del lenguaje se caracteriza por una enunciación espasmódica de las palabras, con vacilaciones exageradas, tropiezos, repetición de las mismas sílabas y prolongación de los sonidos. Este trastorno se puede deber a una enfermedad cerebelosa, un defecto neuromuscular o una lesión de los órganos de la articulación, aunque en la mayor parte de los casos la causa es emocional o psicológica.

Para el hablante disfémico, tartamudear significa no tener control sobre la propia emisión de la palabra, perder la espontaneidad expresiva y el contacto con los que le escuchan; en definitiva, carecer de una real posibilidad de comunicación.

Esto quedó muy bien reflejado en la película The King’s Speech (El discurso del rey), que obtuvo Oscar a la mejor película, otorgado por el gremio estadounidense de productores. El film narra los esfuerzos del Rey George VI de Inglaterra por superar su tartamudez.

Capta de excelente manera la ansiedad de la anticipación, el miedo de hablar, la frustración que la gente que tartamudea sufre al buscar ayuda y alivio a sus síntomas, aún en la actualidad.

Clásicamente, la tartamudez se definía como un problema del ritmo del habla. Hoy se trata de una alteración de la fluencia verbal. La palabra fluencia viene del latín fluere, que significa fluir, pero, el problema de la tartamudez no se limita sólo a una dificultad en el ritmo del habla, implica a menudo mucho sufrimiento.

Las causas exactas del tartamudeo permanecen en el misterio, pero las imágenes cerebrales sugieren que es un problema neurológico. Más hombres que mujeres sufren esta condición en una proporción de cuatro a uno.

El cinco por ciento de los niños pasan por una etapa de tartamudeo y la mayoría logra superarlo al madurar. La genética, el desarrollo infantil, la fisiología del cerebro y la dinámica familiar son factores que contribuyen al tartamudeo, de acuerdo a la Fundación de Tartamudeo. Casi 60 por ciento de los tartamudos tiene algún familiar que sufrió del mismo trastorno.

Se dice que este trastorno se desarrolla por encima de la media el lóbulo derecho del cerebro, lo que incrementaría el coeficiente de inteligencia de esta población. De hecho, en el listado de tartamudos célebres se cuentan filósofos como Aristóteles o Demóstenes, quien intentaba corregir su falta de fluidez verbal poniéndose piedritas en la boca.

Otros personajes célebres dedicados a la política, la ciencia, la literatura y otras profesiones fueron tartamudos: Moisés, Virgilio, Charles Darwin, Newton, Lewis Carrol, Borges, Ghandi, Roosevelt, Marylin Monroe, Julia Roberts, Bruce Willis, Sam Neil, Jimmy Stewart y Anthony Hopkins.

La tartamudez no es una enfermedad ni una discapacidad, sino que una peculiaridad en el habla, pero la verdad es que llega a discapacitar a muchos de quienes la padecen en esta sociedad dura, incomprensiva y dispuesta a reírse de todo lo que es diferente.

A raíz del estreno de la película de Tom Hooper, las consultas por tartamudez aumentaron notablemente en países como España, Argentina y Chile. Sólo en Buenos Aires las demandas por este tipo de casos se incrementaron en un 30 por ciento debido al impacto de la película británica.

Este trastorno se resume en la constante lucha contra las sílabas y palabras y, sobre todo, en la incertidumbre del desenlace de este combate. Por eso, quienes estamos libres de ella seamos pacientes con quien padece de disfemia, para que el combate no sea tan extenuante.

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Categoría: Neurología.




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