Complicaciones frecuentes de un trasplante de riñon


Hipertensión

La hipertensión después del trasplante renal es un fenómeno frecuente. Un mes después de la interven­ción, 72% de todos los pacientes requiere tratamiento, aunque este porcentaje disminuye a 53% a los 30 me­ses. La atención cuidadosa otorgada al control de la hipertensión antes del trasplante y al tratamiento die­tético mejora el control posterior a la operación. La hipertensión representa un riesgo significativo para la posible función renal cuando se emplean aloinjertos pequeños. La hipertensión en el periodo posoperatorio temprano casi siempre se debe a sobrecarga de líquido o rechazo agudo, pero también es posible que el origen radique en los riñones nativos.

La hipertensión preexistente aumenta por los inmu­nosupresores ciclosporina, tacrolimus y prednisona. El desarrollo de hipertensión más de tres meses después del trasplante sugiere posible estenosis de la arteria renal y requiere estudios Doppler del flujo como eva­luación inicial, además de arteriografía en los casos cuestionables. La angioplastia transluminal tiene éxito en el tratamiento de la mayoría de casos, cuando se reconocen; la corrección quirúrgica se reserva para los fracasos de la angioplastia y los vasos con anastomosis arteriales complejas.

Infección

Casi todas las complicaciones a largo plazo se rela­cionan con infecciones y se presentan en los primeros seis meses después del trasplante. Durante ese perio­do, la inmunosupresión es intensa y es mayor la sus­ceptibilidad a infecciones que ponen en riesgo la vida. El uso frecuente de órganos de donadores con exposi­ción previa a CMV y EBV en lactantes y niños serone­gativos aumenta el riesgo de estas infecciones específi­cas. La aplicación más difundida de la profilaxis con ganciclovir o aciclovir redujo la intensidad de estas infecciones y su morbilidad o mortalidad relacionadas. El trimetoprim con sulfametoxazol se utiliza también como profiláctico contra neumonía por Pneumocystis carinii.

Inmunosupresión

Muchos regímenes inmunosupresores están dispo­nibles y todos comparten el mismo esquema. Casi to­dos incluyen corticosteroides, ciclosporina o tacroli­mus y azatioprina o micofenolato. Los anticuerpos po­liclonales o monoclonales antilinfocíticos se emplean cuando se anticipa necrosis tubular aguda o en el se­gundo trasplante en pacientes muy sensibilizados. Se han hecho esfuerzos notables para disminuir o suspen­der los esteroides y así intensificar el crecimiento y desarrollo. A los cuatro años después del trasplante, 31% de los receptores de donadores vivos y 23% de los de donador cadavérico ingerían prednisona en días al­ternos.

En general, la mitad de los pacientes con trasplante ha tenido un brote de rechazo hacia el día 95 después de la operación.El riesgo de rechazo es similar para los receptores de órganos de donador vivo o cadavéri­co en las primeras semanas después del trasplante. El riesgo acumulativo para el primer rechazo es de 23, 32 y 38% para los receptores de donadores vivos contra 24, 42 y 51% para los receptores de órganos cadavéricos a los 15, 30 y 45 días, respectivamente.86 Los factores que incrementan la probabilidad de rechazo o pérdida del injerto a largo plazo incluyen la recepción de un injerto de donador cadavérico en lugar de uno de fami­liar vivo, adquisición de un órgano de un donador menor de cinco años de edad, almacenamiento frío del órgano durante más de 24 horas, receptor de raza ne­gra y retraso de la función del injerto por necrosis tu­bular aguda. Con el tratamiento contra el rechazo se revirtió el 52% de los episodios en receptores de dona­dor vivo, 40% se controló en forma parcial y 4% termi­nó en falla del injerto. Los receptores de donadores cadavéricos tuvieron resultados un poco más pobres, con reversión en el 49%, reversión parcial en 45% y falla en 6%.8El índice de éxito del tratamiento del rechazo disminuye con cada episodio sucesivo. La mayor parte de los episodios de rechazo pueden tratar­se con esteroides solos (78%); en 32% se necesitan anticuerpos monoclonales contra células T, como la ortoclona OKT-3. En sujetos que se mantienen libres de rechazo durante el primer año después del trasplan­te el riesgo de rechazo en el año siguiente es del 20%.

Los resultados generales del trasplante renal en ni­ños muéstran una mejoría continua. Se han publicado índices de supervivencia general del injerto después de un año de 88 a 100% para los aloinjertos de dona­dor vivo y los resultados con aloinjerto de donador cadavérico son de 50 a 72 En el informe del NAPRTCS de 1997 se notifica la supervivencia siguiente del injerto después de uno, dos y cinco años: para do­nador cadavérico, 78, 72 y 59%; para donador vivo, 90,86 y 85%, respectivamente

El rechazo crónico se ha convertido en la causa más frecuente de falla del injerto y representa el 27% de todas las pérdidas del mismo.Con los mejores trata­mientos inmunosupresores, el rechazo agudo sólo pro­duce el 18% de las fallas. La recurrencia de la enferme­dad original produjo falla del injerto en 7% y la trom­bosis vascular ocasionó el 13% de los casos. La super­vivencia del injerto a largo plazo después de trasplante renal pediátrico continúa en declive después de 10 años a pesar de los bajos índices de mortalidad de los pa­cientes. La muerte del receptor con un injerto funcio­

Califica este Artículo
0 / 5 (0 votos)

Categoría: Pediatría.




Deja un comentario