La comunicación de los niños y su influencia en la autoestima


Las formas de establecer comunicación afectiva informan de cómo y cuánto se quiere a los hijos o hijas, y lo que significa la presencia del otro en la vida. Decir una palabra amable cuesta muy poco y tiene un gran impacto en quien la recibe. Desafortunadamente hemos sido socializados más para corregir que para valorar, lo que sin duda explica por qué tantas personas tienen problemas de autoestima y relaciones sociales poco satisfactorias.

Actualmente se tiende a pensar que comunicarse implica decir y expresarse, olvidando que el escuchar es el primer paso en la comunicación. Comunicarse con alguien es tanto escucharlo como expresar lo que uno siente: “Comunicarse es observar, escuchar y comprender, por un lado, y expresar, decir, pedir y actuar, por otro” (Antonijevic et al., 1993, p. 101).

En la relación entre padres e hijos, escuchar es esencial, ya que si los niños no se sienten escuchados ello tendrá efectos nocivos sobre el desarrollo de la autoestima. Por un lado, los hijos que se sienten excluidos de la relación se perciben como un interlocutor no válido, que no son importantes para el otro y que lo que dicen no es significativo. Estos sentimientos se relacionan con una autoestima negativa, porque los niños se sentirán poco valorados. Si las personas a las cuales más debería importarles no le prestan atención, el niño internalizará que sus opiniones no le interesan a nadie y pensará que nadie lo va a escuchar. Ante esto, el niño puede inhibir su capacidad de comunicarse y conversará poco con sus padres y no les expresará sus temores, o bien, buscará ser escuchado por otros que pueden no ser la mejor influencia para él.

La comunicación de los niños y su influencia en la autoestima Psicología y Psiquiatría

Para tener una buena comunicación con los hijos hay que aprender a entender lo que sienten, piensan o necesitan, sin necesariamente esperar que hablen, sino tratar de “leer” las señales de su cara, cuerpo y acciones en un momento dado. Cuando se trata de escuchar a niños muy pequeños esto último es aún más importante, ya que ellos se expresan con muy pocas palabras, por lo que los padres tienen que escucharlos no con los oídos, sino que entender el mensaje decodificando sus gestos, posturas y actitudes.

Escuchar significa estar alerta y conectarse emocionalmente: ser empático. Por ejemplo, cuando un niño tiene un cambio de conducta brusco o anda irritable, los padres no tienen que centrarse en el hecho de que el niño está enojado y rabioso, sino tienen que pensar que a lo mejor le pasó algo, ya que la mayoría de las veces la rabia es una emoción secundaria a la frustración o a la pena.
Poder ver qué hay detrás de las conductas de los niños también es escuchar; por ejemplo, si hay un niño que está solo y aislado, puede ser que otro chico le haya pegado, pero incluso puede tratarse de algo más grave como que esté siendo acosado sexualmente por un niño mayor.

Los papás de Carolina comenzaron a notar que su hija de 8 años estaba muy silenciosa y triste, lo que no era habitual en ella. El papá la invitó un día a caminar, expresándole que estaba muy preocupado porque la notaba triste. Carolina se puso a llorar y le contó que había llegado una nueva compañera al curso y que su mejor amiga se había hecho íntima de esta niñita nueva y ella temía que la dejaran sola, y le confesó que a ella le costaba mucho hacerse de amigos. El hablarlo con alguien alivió mucho a Carolina y conversó con su papá sobre cómo ella podría ampliar su círculo de amigos. El solo hecho de ser escuchada hizo sentir a Carolina que era valiosa para su papá.

Cuando un niño o niña tiene una conducta problemática es necesario plantearse qué podría haber detrás de ese comportamiento. Sancionar la conducta no constituye una solución, ya que lo que el niño está comunicando es que algo le sucede y no lo logra solucionar de otra manera. Habitualmente tras una conducta problemática, hay oculta una dificultad más seria que la conducta misma.

Escuchar y ser escuchado

Ser escuchado y comprendido por otro es una experiencia que otorga seguridad y que tiene como efecto secundario que el que comunica crea un vínculo muy fuerte con el que escucha. Los niños cuando se sienten escuchados responden con afecto a la persona que los escucha, comienzan a sentirse más cercanos y queridos. Un niño al sentirse escuchado está contento porque se siente aceptado y crea vínculos muy fuertes con la persona que le presta oído. La presencia de vínculos primarios sólidos es fundamental para el desarrollo de una autoestima positiva.

La disponibilidad de los padres a escuchar debe comenzar desde la primera infancia, ya que queda una huella o marca de con quién se hace el vínculo. Un buen apego desde temprano definirá los modos posteriores de relacionarse, para lo que es fundamental sentir que los padres están disponibles para escuchar. Escuchar a los hijos debe ser un proceso continuo que significa estar atento a sus necesidades y tener suficiente autocontrol; es decir, saber controlar lo que uno quiere decir para poder adecuarlo a las necesidades del otro. Los padres, por muy enojados que estén, deben oír primero las explicaciones que los hijos necesitan darles, para no caer en situaciones injustas.

Cuando Raimundo, de 15 años, dejó un recado en su casa que llegaría más tarde, sus padres se pusieron furiosos y lo recibieron en forma muy violenta y sin escucharlo. Lo dejaron sin salir el fin de semana, pero Raimundo tenía una buena explicación: el papá de su mejor amigo, Nicolás, había tenido un accidente y él lo acompañó a la clínica a ver cómo estaba. Por supuesto Raimundo pudo haberles dejado un mensaje más explícito, pero también los padres tendrían que haber estado atentos a escuchar las explicaciones de su hijo.

En la comunicación no verbal uno de los aspectos que más importa es la mirada: mirar a los ojos. No se puede estar con la guagua en brazos, revolviendo la olla y escuchando a su hijo o hija. La atención es contacto visual y por lo tanto, cuando esté escuchando en relación a un tema importante, mire al niño y ponga toda la atención en su problema.

Además de la mirada, los gestos también son esenciales. Para escuchar es imprescindible tener una actitud de apertura, lo que se refleja en un cuerpo algo inclinado hacia delante y estar con los brazos abiertos. El cuerpo tiene que tener una postura clara de escucha. Los padres cálidos y acogedores comunican no verbalmente a sus hijos que son importantes, lo que permitirá a los niños disfrutar de los momentos juntos y recordarlos gratamente.

Es importante hacer gestos de aprobación con la cabeza o repetir lo que el niño o niña dijo en otras palabras,para que perciba claramente que se lo está escuchando,que se le presta atención y se le sigue en lo que dice. Se pueden hacer preguntas que abran al diálogo, distintas a las preguntas directas e inquisitorias que suelen cerrar el diálogo, ya que a ellas los niños responden con frases clichés o monosílabos. Por ejemplo, cuando se pregunta “¿cómo te fue?”, el niño contesta “bien”, lo que es muy distinto a preguntar “cuéntame cómo lo pasaste”. Esta última forma, según Gordon (1977), es una invitación al niño(a) para decir más. Los “abrepuertas” serían preguntas o “respuestas que no comunican ninguna de las ideas, sentimientos o juicios del que escucha; sin embargo, invitan al niño a compartir sus propias ideas, juicios y sentimientos. Le abre una puerta, le invita a hablar”.

Por el contrario, uno de los aspectos que más altera la comunicación son los gestos perturbadores. Estos se refieren a realizar gestos que indican que uno no está lo suficientemente concentrado en lo que el otro dice. Ejemplos de esto son sacarse las motas del chaleco, mover el pie, tamborilear con los dedos o tocarse constantemente el pelo. Si se quiere escuchar bien, es aconsejable acercarse al hijo o hija, mirarlo a los ojos y seguir su diálogo. Para ello haga comentarios breves relativos a la conversación, pero cuide de no interrumpir excesivamente o referirse a temas no relacionados, dado que estas serán señales de que no le interesa lo que el niño está comunicando.

La forma de responder a los intentos de comunicación constituye y explica en gran medida la calidad de la comunicación familiar. Se han descrito tres formas básicas de responder a las iniciativas de conexión emocional: la respuesta empática, ignorar los intentos de conexión y la respuesta hostil.

La respuesta empática: Muestra con claridad al niño o niña que se ha registrado el intento de conexión y que hay un interés real por lo que le sucede, siguiendo su línea de pensamiento. Es la reacción emocional que se aconseja si se requiere mantener una relación afectiva nutritiva. Un ejemplo de respuesta no empática es el monólogo paralelo, que es bastante frecuente, en donde se responde a lo que el niño o la niña siente con frases tales como “no se afecte tanto”, “si no es para tanto…” y luego ponerse a contar una historia propia desconectándose del relato del hijo o hija. Una respuesta empática ante esa dificultad sería decir algo así como “te hizo sufrir que Carla no te tomara en cuenta y estás herida por la conducta de tu amiga” y si corresponde, agregar, “cuéntame un poco más o me da pena que lo estés pasando tan mal”.

La respuesta de ignorar los intentos de comunicación: Esta conducta es descalificatoria y es en extremo peligrosa para la relación y muy dañina para la autoestima. Se sabe que las personas que son incapaces de conectarse emocionalmente levantan mecanismos como barreras de indiferencia o que frustran sistemáticamente los intentos de comunicación con su “no respuesta”, y ello termina por destruir los vínculos con sus hijos. Si el niño o niña no es escuchado contarán con un mal modelo de relación y difícilmente podrán ellos responder empáticamente a otros, dado que no han contado con esta maravillosa experiencia.

La respuesta hostil: Existe una tendencia a reaccionar en forma agresiva ante la comunicación. Por ejemplo, si el hijo le pregunta al padre “¿cómo estás?” y recibe por respuesta “¿cómo quieres que esté con la cantidad de problemas que tengo?”, será un tipo de respuesta muy destructivo y que si se da en forma habitual, será dañina para el concepto de sí mismo.

La forma en que se conectan emocionalmente los diferentes miembros de la familia entre sí, tiene una enorme influencia en la calidad de la comunicación familiar, siendo un indicador significativo la cantidad de intentos de establecer comunicación emocional. A continuación se describen algunas formas que favorecen la comunicación emocional:

La generosidad emocional es un imperativo si se quiere favorecer el desarrollo de la autoestima en los hijos, mientras que la tacañería emocional es de un alto costo para la relación, produciendo un distanciamiento y un enfriamiento de los vínculos afectivos.

En la comunicación lo primordial es que tienen que predominar los mensajes nutritivos y alentadores para el desarrollo de una autoestima positiva. Por una parte, hay que explicitarles mucho a los niños cuánto se los quiere y por otra, aprender a decirles lo que se les quiere comunicar. No es lo mismo decir “ordena tu pieza” a “eres desordenado”, ya que la última afirmación no es confirmatoria, y a raíz de esto se le está dañando el autoconcepto y autoestima a ese niño o niña. También hay que pensar cuáles son las etiquetas que se le están poniendo a ese niño(a), ¿son positivas o son negativas? Cuando predominan las etiquetas negativas se daña la autoimagen y el vínculo.

Es importante tomar conciencia de que solo puede criticar a un niño y conseguir cambios cuando existe una muy buena relación previamente. La crítica debe estar acompañada de una actitud afectuosa y tener una orientación al cambio. Decir “me gustaría que estuvieras más cariñosa con tus hermanos” y no por ejemplo, “tu actitud negativa con los más chicos es la que ha provocado que ellos no te quieran”. En un mensaje así, hay una clara desvalorización y un juicio personal negativo, que no solo influirá en la formación de un autoconcepto más o menos negativo, sino que dañará la relación del niño con sus hermanos.

Como plantea Gordon (1977), “cuando una persona es capaz de sentir y comunicar aceptación genuina por otra persona, posee la capacidad de ser un poderoso agente de ayuda para esa persona” . Así también el que alguien escuche nuestros puntos de vista, facilita que nosotros escuchemos los suyos. De esta forma los niños se abrirán para recibir los mensajes de sus padres si estos los escucharon primero.

Recuerde que los aspectos positivos deben decirse usando el verbo “ser”, porque este verbo tiene mucho más valor de programación que el verbo “estar”. De esta forma, cuando se dice algo negativo es necesario usar el verbo estar y referirse a la acción y no al sujeto. Por ejemplo: “Esta pieza hay que ordenarla”, más que decir “eres un desordenado”. Es bueno poner límites y normas indicando qué es lo que se espera que el niño haga, pero cuidando siempre de no descalificar, humillar, ironizar ni utilizar el abuso del poder, ya que estos son los obstáculos más fuertes para el desarrollo de una autoestima positiva y para la relación padre-hijo.

Califica este Artículo
0 / 5 (0 votos)

Categoría: Psicología y Psiquiatría.




Deja un comentario