La familia y su rol en la autoestima de los niños


El desarrollo humano puede de alguna manera concebirse como un viaje de autodescubrimiento, de definición acerca de la propia identidad. Los niños para consolidar una identidad positiva, necesitan desarrollarse en una atmósfera que aliente esa búsqueda a través de exponerlos a una amplia variedad de experiencias, en una actitud de aprobación y valoración. Es a los padres a quienes corresponde acompañar y guiar a sus hijos en este viaje de una forma nutritiva, entregándoles mensajes positivos acerca de sí mismos.

Como plantea Barudy (2000): “Cada familia posee en su ‘bagaje’ elementos culturales que vienen de su propio linaje o clan familiar, y otros de su comunidad, pueblo o nación de pertenencia. El compartir una misma cultura refuerza el sentimiento de cohesión y de pertenencia a una familia determinada”.

Los niños van desarrollando progresivamente una conciencia de sí, una definición acerca de cómo son y se van haciendo una idea acerca de esta definición; un juicio que es una valoración de sí mismo. Cuando esta valoración es negativa, es causa de enormes sufrimientos en los niños y dañinos efectos, y salvo que haya una experiencia emocional correctora, se prolongarán hasta la vida adulta.

La familia y su rol en la autoestima de los niños Psicología y Psiquiatría

La importancia de una buena crianza

Numerosos estudios coinciden en que las bases de una autoestima positiva está determinada por el estilo de crianza de los padres y que son los primeros años los que determinan de manera importante el nivel de autoestima base, posiblemente porque allí se forma una actitud básica hacia sí mismo.

Cuando una familia se encuentra en una situación desventajosa, ya sea emocional o económicamente, a veces es menos probable que se dé espacio para compartir con sus hijos momentos felices y expresarles afecto. Los encuentros cotidianos y afectuosos con los padres entregan a los niños una sensación de seguridad física y emocional. Sobre la base de esta seguridad, el niño se construye una identidad que permite una autoestima positiva y la independencia. Cuando por el contrario, estos encuentros faltan o están cargados de ansiedad, el niño se inseguriza.

En el apego a los padres —es decir, en los vínculos afectivos comprometidos en los cuales los niños perciben que sus padres están cercanos y disponibles para él—, está la base de la seguridad y de la independencia. En la iluminación que los padres hacen de los aspectos positivos de los logros de sus hijos, está el origen de esa particular invención acerca de sí mismo que es cada ser humano.

Tal como plantea Cyrulnik (2002), “el vínculo afectivo protector, el más frecuente, y fácilmente observable en cualquier cultura, es el que muestra un niño que, al obtener seguridad gracias a la presencia de una persona con la que está familiarizada, no duda en alejarse de su madre para explorar su pequeño mundo y volver después a su lado para compartir el entusiasmo de su descubrimiento”. Cristiane Northrup (2006) define la autoestima como “la cantidad de respeto y consideración positiva que tiene una persona de sí misma. Comienza con los circuitos de vinculación establecidos en la primera infancia”.

La socialización recibida en la infancia enseña de muchas maneras los comportamientos que son correctos, cuáles son peligrosos, cuáles son reprobables y lo que son inaceptables.

Cuando el niño o la niña ha sido educado en una atmósfera perfeccionista y/o de rechazo, centrada más en los defectos que en las virtudes, y que hace exigencias que van más allá del nivel de desarrollo, el niño tendrá una voz interna excesivamente crítica. Esta voz interna, que con frecuencia alcanza niveles patológicos, corresponde a lo que Eugene Sagan (citado en Mckay y Fanning, 1991) ha descrito como la autocrítica patológica, que se caracteriza por estar constantemente atacando y juzgando negativamente a la persona. Se transforma así, para el niño en una voz que no lo estimula a la acción, sino que lo inculpa por lo que no ha hecho suficientemente bien, lo compara negativamente con lo que los otros son, tienen o han logrado. Se centra en mirar las debilidades y no presta atención a las fortalezas ni a los logros.

Los efectos de esta voz pueden ser devastadores y muchas veces no se relacionan con los logros o características reales del niño, sino con una mirada acerca de sí mismo negativa e implacable. Por ejemplo, si el niño se cae, no se trata de un accidente fortuito por el que debería ser consolado, sino que esta voz interna le dice: “Eres un torpe sin remedio”. Paulatinamente el niño se va identificando con esta característica negativa y lo más lamentable, es que esta percepción de sí mismo afecta su conducta, de manera que se cae con más frecuencia, convirtiéndose en una especie de profecía autocumplida.

Cuando un hijo recibe afecto incondicional, no necesita transformarse en alguien que no quiere ser para conseguir el amor de sus padres. Podrá ver con claridad y con fuerza cuáles son los caminos que quiere seguir, porque tiene las capacidades y la motivación para cumplir sus propias metas. Muchas veces las expectativas de los padres no coinciden con las de los hijos, pero solo en un clima de aceptación incondicional el niño sentirá que sus propias expectativas acerca de quién es y quiere ser son validadas, y percibirá que sus padres le van facilitando el camino para escucharse, confiar en sus capacidades y encontrar su propia definición.

Una adolescente de 15 años —una edad bastante crítica para la relación padre-hijo relataba así la percepción que ella tenía de la incondicionalidad del afecto de sus padres: “Siempre sentí que se interesaban y escuchaban lo que yo pensaba. Siempre me respetaron y me apoyaron en mis decisiones, si quería estudiar flamenco no intentaban que estudiara piano, a pesar de que ellos eran músicos. Me entregaron una seguridad y una confianza en las propias decisiones que hasta hoy les agradezco”.

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Categoría: Psicología y Psiquiatría.




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