La memoria afectiva y la autoestima de los niños


La memoria afectiva es selectiva y los acontecimientos y experiencias que el niño va viviendo y que lo impactan emocionalmente, quedan registrados. Algunos recuerdos se grabarán con más fuerza que otros. Muchas vivencias quedarán fijadas con una valencia emocional positiva y favorecerán el desarrollo personal y los vínculos con las personas que forman parte de ese recuerdo. Desafortunadamente las experiencias dolorosas también se grabarán dejando una huella negativa.

La memoria emocional es episódica; es decir, se registra como situaciones globales en que la persona al recuperar los recuerdos, los trae a la conciencia como un todo. Por eso algunas personas quedan cargadas de significación emocional positiva a raíz de un acontecimiento. Por ejemplo, la tía que le enseñó a andar en bicicleta a un sobrino, siendo esa una experiencia grata, probablemente estará entre las tías favoritas. A la inversa, otras personas quedan mal asociadas en los recuerdos de los niños porque forman parte de un episodio doloroso. Por ejemplo, frente a situaciones que fueron sentidas como humillantes, los niños no quieren volver al lugar en que sucedieron ni a ver las personas que allí estuvieron, independientemente del hecho de que esas personas hayan sido inocentes o responsables de la situación vivida por el niño o la niña.

Algunos casos de memoria afectiva

Miriam, una mujer adulta, contaba que cuando era pequeña, una tía que trabajaba en el mismo colegio donde ella estudiaba, le revisaba sus cuadernos y las comunicaciones delante de sus compañeros. Si tenía alguna anotación, la retaba y en más de una ocasión le pegó. Ella dice que aún al recordarlo siente rabia y vergüenza, y no quiere encontrarse con los compañeros de esa época.

Las novelas, especialmente aquellas con contenido autobiográfico, dan cuenta de esta característica episódica de la memoria afectiva. Imre Kertesz (2001), de manera magistral en su novela Sin destino, relata cómo fue la llegada a su país después de estar en los campos de concentración.

La memoria afectiva y la autoestima de los niños Psicología y Psiquiatría

De repente todo recobró vida otra vez, todo estaba allí, en mi interior, hasta los mínimos detalles, todos los recuerdos, absolutamente todo. Sí; desde cierto punto de vista, allá la vida había sido más simple, más inequívoca. Me acordé de todo y de todos, repasando hasta a los que no me habían interesado para nada, y también a los que ya solo existían en mis recuerdos, a todos: a Bandi Citrom, a Pietka, a Bohus, al médico y a todos los demás. Por primera vez pensé en ellos con un ligero sentimiento de reproche, de resentimiento, pero también de amor.

Los padres son en gran parte responsables del caudal y de la calidad de recuerdos que quedarán en la memoria de su hijo(a) y del papel que le cabe en ellos. Un padre o una madre que crea espacios gratos y mágicos para compartir con sus hijos, y que está ahí para acompañarlos en los momentos críticos, sin duda tendrá un lugar central en sus recuerdos. Mientras que los padres que privilegian el trabajo y no se dejan tiempo para estar presente en esas experiencias, que para una mirada adulta pueden no tener importancia pero que son centrales para el niño, estará ausente de la memoria afectiva de sus hijos y paradójicamente, esa ausencia estará muy presente en la vida de ellos.

Tal como decía Arturo: “Siempre sentimos que mi papá, que era una persona de gran figuración social, no estaba interesado en nosotros. Todavía no puedo perdonarle que no haya estado para mi primera comunión, aunque me hizo un gran regalo y me llamó por teléfono”.

Quizá pensar qué recuerdos tendrá el hijo o la hija de la infancia, pueda ayudar a los padres a imaginar cómo enriquecer el baúl de los buenos recuerdos de la familia y evitar situaciones que queden dolorosamente almacenadas en la memoria de los niños, como son las experiencias de castigo, de maltrato o las peleas entre los padres.

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Categoría: Psicología y Psiquiatría.




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