Diferencias entre autoconcepto y autoestima


Resulta necesario hacer una distinción entre los términos de autoconcepto y autoestima que suelen tratarse indistintamente. El primero es un referente más cognitivo, en tanto que el segundo responde a la valoración afectiva. De esta manera, el autoconcepto sería la reflexión del “yo” sobre sí mismo y la autoestima es la valoración de esta reflexión (Machargo, 1996). Por ejemplo, para un hombre ser musculoso puede tener una enorme valoración personal, mientras que para una mujer puede no tenerla. Para una niña ser delicada puede ser valorado como un atributo positivo, en cambio para un niño podrá tener una connotación negativa.

Autoconcepto y autoestima no serían conceptos disociados, sino por el contrario se imbrican y complementan. Difícilmente pueden pensarse separadamente, dado que ambos términos se refieren a la misma realidad: la opinión que se tiene sobre sí mismo.

Piers (1984) considera que el autoconcepto tiene una función clave como organizador y motivador de la experiencia, manteniendo una imagen consistente de quiénes somos y cómo reaccionamos en diferentes circunstancias. El autoconcepto inicialmente es global y paulatinamente se van perfilando distintas facetas y dimensiones: referentes físicos, sociales, emocionales y académicos.
González (1999) agrega a la concepción del autoconcepto, que se conforma además por cómo le gustaría verse —que es la imagen idealizada—, la imagen moral y cómo se muestra a los otros —que se refiere a la tendencia a presentar imágenes diferentes en distintos contextos.

Diferencias entre autoconcepto y autoestima Psicología y Psiquiatría

Se ha definido la autoestima como una especie de fotografía que el individuo se hace de sí mismo. Este concepto incluye una narrativa acerca de sí y un conjunto de creencias sobre las características que se poseen y cuáles son los rasgos más importantes. A veces una autoestima negativa se origina en una definición restringida o disminuida de sí mismo.

Clark, Clemens y Bean (2000) plantean que la autoestima es “el concepto que tenemos de nuestra valía y se basa en todos los pensamientos, sentimientos, sensaciones y experiencias que sobre nosotros mismos hemos ido recogiendo durante nuestra vida; lo que creemos que somos, listos o tontos, si nos sentimos antipáticos o graciosos, si nos gustamos o no. Las millares de impresiones, evaluaciones y experiencias reunidas se conjugan en un sentimiento positivo hacia nosotros mismos o, al contrario, en un incómodo sentimiento de no ser lo que esperábamos”.

La autoestima es función de la forma en que el niño aprende a tratarse a sí mismo, la cual puede ser fortalecedora o desmoralizante. Las creencias acerca de sí mismo funcionan como profecía y de ese modo inducen conductas. Por su parte, las conductas generan creencias y provocan una relación circular entre creencias y conductas.

La autoestima, según Pickhardt (2004), se relaciona con el concepto del self, que está ligado con las identidades con las que el niño o niña se vincula; por ejemplo, sus intereses (“me gusta dibujar o leer”), con su condición de estudiante (“estoy en octavo básico”), con lo que tiene (“tengo una mascota”), o bien con lo que sabe (“yo sé mucho de dinosaurios”). El self es entonces como una casa con muchas habitaciones. A su vez, este autor plantea que la autoestima es variable durante el curso de la vida, dependiendo de una infinidad de condiciones y características; por ejemplo, el éxito o el fracaso, la ganancia o la pérdida, el vigor o la fatiga, la fortuna o la adversidad, entre otras.

La autoestima por supuesto también se modifica a través del ciclo vital. En la adolescencia varia a veces la autodefinición en forma radical, de manera tal que las valoraciones de la realidad ya no se esperan que sean las mismas y por lo tanto, también varía la estima personal del joven.

El concepto de estimar es evaluativo, e incluye un juicio positivo o negativo sobre sí mismo. Habitualmente la estima es producto de una compleja interacción de diferentes criterios de evaluación, entre ellos:

El medio ambiente de alguna manera va —usando una metáfora de la computación— grabando en el disco duro de los niños y adolescentes, una definición de cuáles son sus fortalezas y sus debilidades, muchas veces dándole a esta definición un carácter de virtud o de defecto. Por ejemplo, “eres trabajador”, “eres responsable”, “eres mentiroso”, “eres honesto”. El problema de estas definiciones es que pasan a ser creencias del niño acerca de sí mismo, que tienden a convertirse en comportamiento.

Sofía fue definida desde muy pequeña por sus padres como una persona muy responsable y trabajadora, ya que ayudaba al cuidado de sus hermanos menores y en las tareas de la casa. Como esta definición fue muy monotemática —es decir, no se entregaron otras definiciones importantes acerca de ella misma- tendió a asumir esta característica como un rasgo central, alrededor del cual se agruparon sus otras características de personalidad. De esta manera, se transformó en una niña muy cumplidora y autoexigente, que se angustiaba mucho cuando no lograba cumplir con las demandas del medio ambiente, dejando poco espacio para la alegría y la creatividad.

Para la formación de la autoestima la etapa más decisiva es la infancia, porque el niño se encuentra más vulnerable a la influencia de los adultos y en muchas ocasiones no tiene paradigmas conceptuales para defenderse de lo que los adultos siembran en su concepto personal.

Si usted le dice a un niño, por ejemplo, “ ¡qué ulótrico que eres! “, en la medida en que no sabe qué significa esa palabra, no tiene manera de defenderse de un concepto que de alguna manera intuye que no es bueno. Si él o ella supieran que ulótrico significa tener el pelo crespo, podrían defenderse y decir “no es verdad, solo lo tengo ondulado“. Esto puede suceder con muchos conceptos que se siembran en la mente de los niños y por eso es importante tener cuidado con las verbalizaciones que se usan para definir a los niños.
Ludewing y Beale (1990), en Mackay y Fanning (1991), plantean que la información que recibe una persona sobre sí misma es internalizada y estructurada en tres dimensiones, que componen lo que denominan “concepto de sí mismo”. Estas dimensiones son el concepto real, el concepto ideal y la autoestima.

El “concepto real” sería el conjunto de datos que una persona tiene sobre sí misma y es una autodescripción libre de juicios de valor. Una descripción de este tipo diría: “Yo me llamo Ernesto, tengo el pelo castaño, tengo un promedio de 5,3 y me gusta leer”. El “concepto ideal” es lo que la persona le gustaría ser; por ejemplo: “A mí me gustaría que me fuera bien en el colegio, tener más amigos y ser mejor para el deporte”. La autoestima, por su parte, sería la valoración que la persona hace de sí misma en un momento, siendo variable. Hay días en que el niño puede percibirse como muy valioso y en otros sentirse muy incompetente.

Percepciones que varían en el tiempo

La autoestima y el autoconcepto son organizaciones flexibles y dinámicas, capaces de modificarse constantemente a través de la información que viene del medio, ya sea interna —por medio de pensamientos, emociones y sensaciones corporales- o externa —que provee incentivos, reglas y motivaciones a la persona.

Todas las personas van construyendo desde la infancia su autoconcepto y autoestima, acompañándolos toda la vida. Nadie carece de autoestima, pudiendo tratarse de una autoestima más positiva o negativa. En este libro hemos preferido hablar de positiva y negativa y no de autoestima alta y baja, ya que especialmente el concepto de autoestima alta puede inducir a error. Un desmesurado concepto de sí mismo, si no coincide con la realidad, no es positivo y se hablaría más bien de una persona narcisista.

Tener una autoestima positiva supone focalizarse en las áreas positivas y aceptar las limitaciones que pueden tenerse en otras. No es sinónimo de autoestima positiva tener una percepción sobrevalorada de nuestras limitaciones, sino entender que es inherente a cada uno como persona única y diferente. Se entiende que un niño o niña tiene una autoestima positiva, cuando tiene una apreciación realista de sí mismo, valora sus fortalezas, no se sobrefocaliza en sus deficiencias y se siente valioso, querible y capaz de enfrentar los desafíos que supone el crecer.

Se entiende que un niño tiene una autoestima negativa cuando la valoración que hace de sus características personales no corresponde a la realidad o bien, cuando tiende a sobrefocalizarse en sus deficiencias, no valora apropiadamente sus aptitudes y no se siente querido ni querible.

Alejandro, que era un niño tímido y con experiencia de haber sido discriminado por sus compañeros, decía: “Yo no voy a cumpleaños, porque a los niños no les gusta jugar conmigo, porque soy malo para el fútbol y poco simpático”. Estas experiencias de rechazo reafirman la imagen negativa que él tiene de sí mismo.

Un niño(a) que ha tenido experiencias exitosas en su vida social podrá resistir una sensación de ser momentáneamente excluido, sin que ello deje un daño significativo en su imagen personal.

Por ejemplo, Teresa, que era una niña amistosa y muy aceptada socialmente, fue a un cumpleaños donde no conocía a nadie y los niños fueron excluyentes, y no le facilitaron la integración. El relato de ella, como tenía una buena imagen personal, fue: “Esos niños fueron muy maleducados, no quisieron jugar conmigo y lo pasé bien mal”. Sin duda, fue para Teresa, una experiencia difícil, pero no dejó huella en su autoestima social.

Los padres tienen que estar alerta a las señales que un niño o niña pueda dar, ya que podría estar configurando una visión negativa de sí mismo. Si bien existen test estandarizados para evaluar la autoestima, un padre o una madre conectado afectivamente con su hijo(a) se dará cuenta en qué áreas el niño necesita ser fortalecido y qué factores pueden impactarle negativamente.

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Categoría: Psicología y Psiquiatría.




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