Etapas del desarrollo de la autoestima en los niños


¿Cómo me gustaría que mi hijo o hija se definiera?

Piense en una vivencia personal que haya sido una experiencia determinante en la definición de algún área de su propia autoestima.

Escriba al interior de estos bloques, aspectos positivos que quisiera que estuvieran como base de la imagen personal de su hijo o hija.

Existen pocos estudios de autoestima desde el punto de vista evolutivo, por lo que Gretchen (1998) plantea que estos estudios se centran más bien en el concepto de sí mismo —es decir, en el autoconcepto—, que en la evaluación que hacen los niños de sí mismos —es decir, la autoestima.

El concepto de sí mismo surge de la diferenciación yo-mundo, a través de la cual el niño organiza sus conductas, percibiéndose a sí mismo como un objeto. El logro de esta diferenciación es gradual.

En el periodo sensorio-motor, que va de los O a los 2 años, una de las tareas centrales es superar el estado de indiferenciación, a través de la diferenciación del yo y del no yo, y entre el sí mismo y la realidad, para así poder construir un mundo de objetos permanentes. Con el tiempo el niño se hace más consciente de sí mismo, como ser independiente, con capacidades y facultades que desarrolla y domina.

El niño en el estadio preoperacional, que va de los 2 a los 6 años, se percibe a sí mismo como un objeto en el mundo. Adquiere en este estado la capacidad de representarse la realidad y por ello el niño adquiere conocimiento de sí mismo no solo basado en la acción, sino que a través de la representación; es decir, en el pensamiento. Al tener imágenes mentales, es capaz de formarse una imagen de sí en relación a su cuerpo y sus capacidades: La imagen corporal es importante en esta etapa, la apariencia física y la valoración que tenga de esta influirá en su autoestima.

Etapas del desarrollo de la autoestima en los niños Psicología y Psiquiatría

Damon y Hart (1982) destacan que las diversas dimensiones del autoconcepto varían a lo largo de la infancia y la adolescencia. Estos autores señalan que los estudios sugieren que el concepto de sí mismo y autoestima se amplían en la infancia desde lo físico a lo psicológico.

Durante los primeros años escolares, el aspecto y características físicas cobran principal importancia en la evaluación que los niños hacen de sí mismos. En esta concepción del sí mismo se incluyen las acciones que son características del sujeto. De esta manera, los niños podrían describirse haciendo una lista de las acciones que saben hacer, como correr y andar en bicicleta.

En esta edad, la aprobación o rechazo de los compañeros tendrá un impacto decisivo en la valoración que el niño haga de sí mismo. Generar espacios para que puedan compartir con sus amigos, favorecerá sus competencias sociales y su integración a los grupos. Es necesario ser muy cuidadoso en no criticar ni descalificar al niño delante de sus amigos, así como respetar sus gustos en relación a la manera de arreglarse. Sentirse ridículo frente a sus compañeros, puede ser percibido por el niño como “la muerte social”.
La adolescencia se abre con la pregunta “¿quién soy yo?” y “¿quién quiero ser?”.

En este cuestionamiento, el adolescente se autoevalúa desde sus características personales positivas y desde sus defectos. Es un periodo altamente vulnerable y en que existe bastante inestabilidad. La influencia de sus iguales empieza a tener mayor importancia que la opinión de sus padres. Si los padres no asumen una actitud flexible que les permita entender que lograr la autonomía desde lo psicológico supone independizarse de la familia, y que esto pasa por una mayor dependencia de su grupo de edad, será una etapa de muchos conflictos y que puede alterar la percepción del joven de sí mismo.

La elección del adolescente de una escala de valores y el logro de opiniones diversas a las de su familia, debiera ser un espacio de conversación y de validación en la familia, y no solo una fuente de discusión. La elección valórica casi siempre se refleja en una estética generacional que es opuesta y que puede chocar con los valores de los padres. En este contexto, las descalificaciones pueden dañar muchísimo la autoestima de los niños y la relación. Frases como “te ves ridículo”, “pareces una loca con esa tenida”, o bien otras más sutiles como “¿no pretenderás salir así?”, insegurizan a los adolescentes y no lograrán modificar su vestuario, el cual es acorde al de sus amigos. Hay que recordar que en esta etapa la seguridad en el aspecto físico es muy significativa porque va a estar relacionada con sentirse atractivo para el otro sexo.

Antes de juzgar la apariencia de sus hijos de acuerdo a sus propios parámetros, observe lo que usan sus compañeros y recuerde que en esta etapa necesitan sentirse semejante a sus amigos. Quizá recordar las discusiones que usted tenía en este plano y revisar las fotos de su adolescencia, lo ayudará a asumir una actitud más tolerante.
Beckler (1985) propone una secuencia de cuatro factores en el desarrollo del sí mismo; a saber:

El sí mismo colectivo se refiere a las metas que el individuo internaliza de su grupo de referencia y cómo se focaliza en las tareas del grupo.

Esta secuencia de factores se da progresivamente en el tiempo, comenzando con los lactantes hasta el periodo preescolar en que se caracterizan por la descripción del pre-sí mismo. Gradualmente, desde el preescolar hasta los primeros años de educación básica, los niños conforman un sí mismo público, por lo que es frecuente observarlos angustiados sino cumplen lo que la profesora o los padres han dicho, o bien si alguien no se rige por las reglas de algún juego o si se transgrede alguna norma.

Por su parte, a medida que los niños van tornándose más autónomos y aumenta su capacidad reflexiva irán definiendo un sí mismo privado, que en muchos aspectos diferirá de lo que padres y profesores han definido como los valores centrales y está relacionado con el desarrollo de su propia identidad. El sí mismo colectivo también se conforma cuando los niños ya son mayores y la relación con sus pares se vuelve central, tornándose fundamentales los valores del grupo al que pertenece y al cual él o ella aporta, definiéndose de manera importante su identidad por la pertenencia a dicho grupo.

Para que los adolescentes alcancen un sí mismo privado, que si bien no va a ser exactamente el que usted hubiera querido, pero sí el reflejo de un joven reflexivo, de valores nobles y buenos sentimientos, es preciso cursar cada una de las etapas de la secuencia satisfactoriamente. De esta manera, el niño de pequeño tiene que experimentar la satisfacción de sus necesidades de placer y no verse constantemente sometido a frustraciones. Luego el niño tiene que comprender el motivo de las reglas y aprender a respetar los límites que favorecen una interacción apropiada con el mundo y con los otros. Con estas bases seguras, el niño probablemente elegirá un grupo de pares positivo que sea un aporte para él o ella, y le permitan un desarrollo sano de su identidad, siendo consistente con el sí mismo privado que construya.

La reflexión sobre sí mismo no puede ser egocéntrica o narcisista como plantea Izquierdo (2000). En ella tiene que haber un espacio que lleve a los niños a tener una vinculación más real con los otros y pensar el lugar desde el cual le corresponde aportar en el mundo. Solo una visión realista de sí mismo permitirá al niño(a) plantearse quién es, quién puede llegar a ser y cuál es su misión.
El concepto de sí mismo está en la base de la autoestima, ya que ninguna definición personal es neutra, sino que implica una autovaloración ya sea positiva o negativa. Sin duda el punto de partida de la valoración personal se encuentra en el juicio de los otros, especialmente los más significativos, y quién más significativo para un niño(a) que sus padres. Mientras más significativa es una persona para el niño o niña, mayor valor tendrá su opinión y por lo tanto, afectará de manera más decisiva la percepción que él o ella se vaya formando de sí mismo.

En una investigación realizada por Mestre y Frías (1996) en una población española, se utilizó un diseño que estudiaba a los mismos niños en la infancia y luego en la adolescencia, con el fin de identificar los cambios en ellos entre una etapa y otra. Dicha investigación permitió concluir que se produce un decremento de la autoestima al llegar la adolescencia. Las puntuaciones alcanzadas por los sujetos en la etapa de la adolescencia (13-14 años) eran significativamente menores que cuando tenían 9 a 10 años, lo que índica una autoestima más negativa con el paso del tiempo.

Asimismo se ha demostrado que el género influye en las variaciones de la autoestima. Se ha encontrado que en la pubertad la autoestima de los chicos es más elevada y va aumentando hacia la edad adulta. En las niñas disminuye en la adolescencia, especialmente en relación a la autoestima física, la que podría explicar la enorme cantidad de trastornos de alimentación en ellas. El apoyo afectivo incondicional y la valoración recibida por el ambiente familiar y escolar ayudan al niño(a) a reconocer sus virtudes y capacidades, y por tanto a fijarse metas apropiadas a su competencia y superar las crisis evolutivas que sin duda afectan la autoestima.

El autoconcepto depende y se forma fundamentalmente en la interacción con los otros significativos. Es en está interacción donde los padres y las otras personas que son importantes emocionalmente para el niño o la niña, le van entregando una imagen de cuáles son las características que lo definen y le van transmitiendo información acerca de cómo es él o ella. La información recibida va siendo interiorizada y pasa a constituir la imagen personal. Las experiencias en el ambiente familiar determinan de manera importante el bienestar socioemocional de los niños y tiene un efecto significativo para la construcción del proyecto personal y para la mirada que tendrán sobre ellos mismos.

Los padres y su forma de relacionarse con sus hijos son decisivos para la autoestima. La autoestima de los niños influye en gran medida en su conducta y en el tipo de relación que establecen con sus padres, con sus amigos y con el colegio. Si la autoestima es positiva, los niños tienden a ser cooperadores, responsables y a rendir mejor. Si su autoestima es negativa, suelen ser agresivos, poco cooperadores, poco participativos y a veces poco responsables.

Normalmente los padres proyectan, quiéranlo o no, en sus hijos su personalidad. No se puede olvidar que los padres tienen un fuerte valor de modelo, por lo que muchos rasgos de ellos son interiorizados en forma no siempre consciente por sus hijos. En este sentido no descuide su propia autoestima, es importante que el niño vea que usted se cuida, se preocupa de satisfacer sus necesidades y se valora positivamente, así como se da posibilidades para el crecimiento personal y de esparcimiento.

El concepto de sí mismo está en la base de la autoestima, ya que ninguna definición personal es neutra, sino que implica una autovaloración ya sea positiva o negativa. Sin duda el punto de partida de la valoración personal se encuentra en el juicio de los otros, especialmente los otros significativos, y quién más significativo para un niño(a) que sus padres.

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Categoría: Psicología y Psiquiatría.




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