Se trata del virus gripal (A, B y C). El virus gripal A produce brotes más graves y extensos. Se clasifican según los antígenos de superficie, hemaglutinina y neuraminidasa. Sus variaciones mayores justifican las pandemias La hemaglutinina es el sitio utilizado por el virus para fijarse a los receptores celulares y es la principal responsable de su infecciosidad. La neuraminidasa desintegra el receptor e interviene en la liberación del virus por las células infectadas.
La clínica se caracteriza por un comienzo brusco, con fiebre, irritación faríngea, tos, escalofríos, mialgias generalizadas, cefalea y astenia intensa. El diagnóstico fundamentalmente es clínico y el tratamiento sintomático (paracetamol o salicilatos). Hay dos antivirales especialmente activos frente al tipo A, la amantadina y rimantadina, que se deben reservar para el tratamiento de infecciones graves o como profilaxis en epidemias extensas. El zanamivir es un nuevo fármaco útil tanto para el virus A como para el virus B. La complicación más frecuente es la neumonía.
Otras complicaciones son la rabdomiólisis, la miocarditis, la miringitis ampollosa hemorrágica y el síndrome de Reye.
La profilaxis de la infección gripal se realiza mediante la vacunación en otoño de los sujetos especialmente susceptibles: enfermos crónicos (cardiópatas, broncópatas, nefrópatas), mayores de 65 años, infección VIH y determinados grupos sociales (sanitarios, policías, bomberos…). La vacuna se prepara según las modificaciones antigénicas previstas para ese invierno, con virus muertos enteros o fraccionados. Protege al 75% de los pacientes vacunados, durante al menos 6 meses. Está contraindicada en: alergia al huevo, menores de 6 meses, y si hay antecedente de Guillain-Barré en las 6-8 semanas siguientes a una dosis de vacuna gripal previa.