El sistema inmunológico representa la suma de los mecanismos de defensa de nuestro organismo que se encargan no sólo de protegernos frente a las infecciones sino que también tienen una función de vigilancia más amplia frente a la aparición de tumores y el control de todo tipo de parásitos.
En realidad lo que agrupamos bajo el nombre de sistema inmunológico son muchos sistemas de defensa diferentes que se han ido generando a lo largo de la evolución. Cada uno de estos subsistemas se ha «especializado» para defendernos frente a determinados gérmenes y utilizando mecanismos diferentes. Algunos de estos subsistemas inmunológicos constituyen lo que llamamos inmunidad innata o inespecífica. Los mecanismos de inmunidad innata están en cierta forma «alerta» en todo momento y se activan inmediatamente tras la infección. Representan la «primera línea de defensa» que contiene la infección mientras se pone en acción la inmunidad adaptativa. Esta segunda línea de defensa es más específica y potente frente a un germen determinado pero requiere un tiempo de días o semanas para ser generada.
En la defensa frente a las infecciones virales son importantes los mecanismos de inmunidad innata como adaptativa. Entre los primeros se encuentran tanto sustancias solubles como células. Así por ejemplo, determinadas proteínas como el sistema del complemento en la sangre, la lisozima en la saliva o las células»asesinas naturales» (NK) son capaces de inactivar muchos virus. Sin embargo, son los mecanismos de respuesta inmune específica los que permiten el control defintivo de la mayoría de las infecciónes virales. Los dos principales componentes de la inmunidad específica son los linfocitos T y los anticuerpos, producidos por los linfocitos B.
Esta diversidad en la respuesta antiviral es necesaria por dos motivos:
1. Los virus son seres que presentan una enorme capacidad de adaptación al organismo infectado y de variabilidad en su estructura por lo que una respuesta inmune eficaz no puede reposar en un único mecanismo defensivo. Es necesario atacar distintas dianas del virus y utilizar mecanismos efectores diferentes para garantizar la eficacia de la respuesta.
2. En su ciclo biológico los virus se multiplican en el interior de las células desde donde salen al espacio extracelular (sangre, líquido intersticial) para propagarse e infectar nuevas dianas. El sistema inmune debe ser capaz por tanto de reconocer y neutralizar los virus extracelulares, función que realizan factores solubles como los anticuerpos o el complemento. Pero además, para evitar que la célula infectada multiplique los virus el sistema inmune debe ser capaz de reconocer que una determinada célula esta infectada y destruirla precozmente. Por último, en el caso del VIH el sistema inmune produce una serie de sustancias denominadas quimiocinas que bloquean la entrada del virus en la célula y protegen las células aún no infectadas de la
propagación viral.
Cuando un organismo es infectado por un germen extraño las respuestas innatas funcionan espontáneamente, pero para que la respuesta adaptativa se active deben darse una serie de procesos: en primer lugar, el sistema inmune debe saber que el organismo está infectado. Esta función de alerta la realizan células denominadas «presentadoras de antígeno» que como los macrófagos y las células dendríticas fagocitan el virus y presentan fracciones del mismo en la membrana a los linfocitos CD4. Los linfocitos CD4 así alertados se activan y producen una serie de factores que a su vez activarán a los linfocitos B para producir antcuerpos y a los linfocitos CD8 que identifiquen y destruyan las células infectadas. Algunas de las sustancias producidas en este proceso de activación – citocinas y quimiocinas- tienen una función importante para potenciar las respuestas antivirales y bloquear la propagación del VIH en sus células diana.